EL CAMINO DE SANTIAGO INGLÉS. EL VIAJE DE LA CRISÁLIDA

Este año por fin lo hice. Otra cosa tachada en mi lista de experiencias pendientes. No tuve tiempo casi ni de pensarlo. Fue la inercia impulsada por un motor ajeno al mío. Era el mes de agosto, cuando el verano decidió caer a plomo. Frente a mí asomaban cinco etapas, 125 kilómetros, los que separan Ferrol de Santiago. 

Comencé mi recorrido con un deseo en mente,obviando la máxima de los peregrinos avezados: No vayas con planes al camino,el camino los tiene para ti. Pude comprobarlo




Me levanté temprano para sellar mi compostela en el ayuntamiento ferrolano y poner rumbo a Pontedeume. Final de la primera etapa.
Empezaban a intensificarse las sensaciones. Esas de las que hablan muchos caminantes. Me sentía eufórica y al mismo tiempo temerosa por no poder lograrlo. 


El sol asomaba entre nubes que salpicaban de orballo mi caminar. Aparecían también algunos peregrinos y esa especie de seña compartida que nos une: Buen camino.
Me emocioné al escucharlo. Así debería ser la vida. 
La jornada transcurrió amable. Bordeando la Ría de Ferrol, después la de Ares, cerca del mar, y a ratos la carretera general, para llegar al precioso pueblo de Pontedeume, donde el río de nombre Eume se une al océano. 
Un baño en la playa y a dormir a pleno pulmón bañada en una ola de serenidad,en un infinito valle coronado por árboles majestuosos.



Etapa 2. Pontedeume-Betanzos 

Animada por la suave jornada del día anterior, me preparé para dejarme llevar. Como cuando las cosas marchan bien y solo sigues el devenir del día a día siendo. 
Desconocía el esfuerzo que iba requerir esta etapa. Los primeros pasos anticipaban la dureza de la marcha. Trayectos convertidos en cuestas infinitas que roban el aliento. El sol tozudo seguía friendo mis neuronas. 
La emoción inicial quedó secuestrada bajo un pensamiento repetitivo: Lo vas a lograr. Pon un pie delante del otro y respira. 

Foto de rutas Meigas

Aún así pude disfrutar de parajes evocadores de la cultura Celta, entre Miño y Paderne.



Hasta llegar a una de las siete antiguas provincias del Reino de Galicia. BETANZOS, ciudad de caballeros. 


La Villa famosa por su tortilla de patata, tiene uno de los conjuntos históricos mejor conservados de Galicia. 

Llegué exhausta al hotel ( olvídate de encontrar plaza en un albergue en el mes de agosto, a no ser que reserves con antelación). El cansancio me desconcertó, solo había caminado 20 kilómetros y acostumbro a caminar 10 al día.

Me dí cuenta al liberarme de la mochila, que empezaba a hacerlo de todo aquello que no funcionaba. La magia del camino, dicen. En un flash frente a mí, los frenos a mi felicidad. Emergió un enorme dolor entre mi sonrisa perenne. 

Etapa 3. Betanzos-Hospital de Bruma 

Otra etapa dura perdida entre fragas y carballos que trajeron a mi memoria cuentos contenidos en el Bosque Animado de Wenceslao Fernández Flórez

"vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres (...) con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y sus alegrías, que cada cual cree inéditas y como creadas para él, pero que son siempre las mismas, porque la vida nació de un solo grito del Señor y cada vez que se repite no es una nueva Voz la que la ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito".



Respiré y olvidé la fuente seca de la cual pretendía sacar agua. Hice la etapa cantando. Frente a mí no estaba el camino, estaba YO.

Etapa 4. Hospital de Bruma-Sigüeiro

Si la etapa anterior transcurría al margen del bullicio del asfalto, esta en cambio lo hacía por caminos enlosados. La proximidad a Santiago empezaba a hacerse evidente por la afluencia de peregrinos. 

Ya me había acostumbrado al sol, a las emociones, a la verdad. 
Nada especial ese día. Solo caminar. Sin más. Sintiendo la soledad.



Foto Xacopedia


ÚLTIMA ETAPA. SIGÜEIRO-SANTIAGO DE COMPOSTELA

Un paseo con energías renovadas. No sé si por el cuarzo del camino, según cuentan los lugareños, o porque mi mochila emocional empezaba a aligerarse de todo aquello que no me correspondía. Lo cierto es que disfruté mucho. 

Durante cinco kilómetros te adentras en un frondoso bosque con hadas y druidas colgados en los árboles. 



Para llegar después a un polígono industrial que te recibe, casi al entrar,  con un tanatorio. Quizás como señal de que dejes morir todo aquello que te daña o de que te dejes morir para vivir de nuevo.

Una vez lo dejas atrás, te adentras en Santiago de Compostela. A lo lejos las torres de la catedral anuncian que tu meta está muy cerca.  

Por fin. Esa meta. La algarabía de mil lenguas diferentes se hace presente de forma contundente. 
  



Como también saber que lo que tanto anhelaba no ocurrió. El camino tenía otros planes. Me devolvió de nuevo a mí. De nuevo a casa. 











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