NO LO LLAMES AMOR CUANDO ES ABUSO
Hace tres días se celebraba el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer.
Violencias que atraviesan continentes y culturas.
Violencias que pueden sufrir mujeres de cualquier estrato social, edad o país.
Violencias que en muchos lugares son extremas porque ni siquiera existen derechos
básicos que las protejan.
Y violencias que, en el mundo occidental, a veces se esconden detrás de un
lenguaje peligroso:
“No lo llames amor.”
Este año, con motivo del 8M, YSL Beauty lanzó una campaña con ese mismo título para concienciar sobre la normalización de actitudes tóxicas.
La fase más tensa, más peligrosa y
más distorsionada entre víctima y agresor o agresora (la violencia contra los
hombres también existe).
Una fase que muchas personas —incluso el entorno— tienden a romantizar o justificar, a veces, bajo la palabra “resentimiento”.
Pero no.
Hay un tipo de resentimiento que no nace del dolor, sino de la pérdida
de control.
Un resentimiento que no busca comprender, sino dominar.
Que no intenta sanar, sino castigar.
De esta forma de abuso quiero hablar
hoy.
1. Cuando la ruptura no es pérdida, sino humillación
Hay personas que no viven una
ruptura como un proceso natural de separación.
La viven como una afrenta a su identidad.
Para ellas, la relación no era un
espacio de encuentro, sino un territorio de control emocional.
Y cuando ese control se rompe —cuando alguien decide marcharse, poner límites o
cuestionar su autoridad— la emoción que emerge no es tristeza.
Es ira.
Una ira que se convierte en resentimiento,
y un resentimiento que necesita salida.
2. Cuando el resentimiento se convierte en acción
En estos casos, el resentimiento no
se queda en la mente.
Se convierte en conducta.
Y aparece lo que en psicología se describe como:
- Violencia reactiva por pérdida de control
- Hostigamiento post-ruptura
- Coacción emocional
- Conducta posesiva y represiva
Este patrón suele aparecer en
personas con:
- rasgos de control extremo,
- intolerancia a la frustración,
- dependencia emocional patológica,
- rasgos narcisistas,
- o patrones aprendidos de violencia relacional.
Y entonces surgen comportamientos
que buscan restablecer el poder:
- dañar,
- atentados contra la integridad física,
- intimidar,
- humillar,
- difamar,
- acosar,
- hackear,
- espiar,
- sabotear la vida del otro,
- generar miedo o culpa,
- atacar a nuevas parejas.
Esto no es “estar dolida o dolido”.
Es creer que la otra persona te pertenece.
Esto no es amor.
Es dominancia disfrazada de herida.
3. Herir para no sentir vulnerabilidad
Para este tipo de personalidades, la
vulnerabilidad es insoportable.
No saben gestionarla.
No la reconocen.
No la aceptan.
Por eso reaccionan con violencia
cuando la ruptura confronta su fragilidad
o cuando alguien cuestiona su autoridad.
La secuencia interna suele ser:
1. Pierdo el control.
2. Siento vulnerabilidad.
3. Esa vulnerabilidad me paraliza.
4. La transformo en ira.
5. La ira se convierte en resentimiento activo.
6. El resentimiento se convierte en ataque.
El objetivo no es cerrar la herida.
El objetivo es recuperar el control.
4. El ciclo perverso: cuando vuelve el poder, vuelve la dulzura
Hay algo desconcertante en este tipo
de abuso:
cuando la persona vuelve a sentir que ha recuperado influencia —porque la
víctima vuelve, se rinde, se asusta o reacciona como esperaba— la “versión
dulce” reaparece.
La agresión cesa.
La hostilidad baja.
La máscara vuelve.
Son las famosas lágrimas de cocodrilo:
lágrimas calculadas, emocionales solo en apariencia.
Se pide perdón a medias:
“Lo siento… pero tú me provocaste.”
“Estaba herido/a… por eso reaccioné así.”
“Te hice cosas malas pero estaba sufriendo mucho.”
No es cambio.
No es arrepentimiento.
No es evolución. Ni conciencia.
Es una pausa estratégica.
La rabia, el abuso y el
hostigamiento se disuelven porque ya cumplieron su propósito:
restaurar el poder.
Además —y esto es esencial— estas
personas:
- manipulan el entorno,
- justifican la violencia,
- difunden narrativas distorsionadas,
- atraen a quienes pueden controlar,
- y rechazan a quienes pueden verlas con claridad.
5. Lo que este tipo de resentimiento revela
Revela que:
- no era amor,
- no era tristeza,
- no era un corazón roto,
- ni un duelo no resuelto.
Era ego herido.
Era posesión emocional.
Era intolerancia a los límites.
Era incapacidad de aceptar que la otra persona ya no pertenece a su territorio
emocional.
6. El peligro de confundir intensidad con amor
Desde fuera —y también desde dentro—
estas dinámicas pueden confundirse con “pasión”, “temperamento”, “carácter
fuerte” o “dolor por amor”.
Pero cuando alguien:
- empuja,
- agrede,
- acosa,
- controla,
- humilla,
- invade,
- o persigue a la nueva pareja…
no está expresando dolor.
Está expresando dominación.
Y cuando vuelve a ser “la persona
más dulce del mundo” al recuperar control,
no está sanando. Está reiniciando el ciclo.
7. Por qué algunas personas vuelven a lugares así
Hay quienes regresan porque:
- aprendieron desde pequeñas a normalizar la
violencia,
- creen que la estabilidad es preferible al
conflicto,
- confunden manipulación con necesidad emocional,
- sienten culpa, responsabilidad o miedo,
- piensan que pueden “salvar” al otro,
- necesitan paz, aunque sea una paz frágil y falsa,
- o nunca han experimentado una relación segura
para diferenciar.
No vuelven porque el amor siga vivo.
Vuelven porque el patrón se ha vuelto familiar,
porque la violencia emocional se disfraza de intensidad,
y porque la dulzura posterior actúa como un anzuelo afectivo difícil de
cuestionar.
8. Lo que de verdad libera
Liberación no es reconciliación.
Liberación no es justificar.
Liberación no es entender al otro.
Liberación es ver el patrón con
claridad suficiente para no volver a quedar atrapada o atrapado en él.
Es elegir relaciones donde:
- los límites se respetan,
- el dolor no se usa como arma,
- la vulnerabilidad no se castiga,
- y el “te quiero” no incluye miedo.
Y es comprender esto:
No vuelvas a lugares donde intentaron destruirte cuando decidiste alejarte. Vales mucho más. Eres polvo de estrellas.