8 DE MARZO: SER MUJER EN IRÁN
Hoy es 8
de marzo, Día Internacional de la Mujer.
Mi pensamiento se detiene en todas las mujeres del
mundo que todavía viven bajo la sombra de la desigualdad, del miedo y del
machismo.
Pero mientras escribo, hay un lugar al que mi
mente vuelve una y otra vez: Irán.
Un país que hoy es foco de todas las miradas.
Y no puedo evitar preguntarme cómo es ser mujer en la antigua Persia,
una tierra que llegó a ser símbolo de tolerancia y convivencia. Ya en el siglo
VI antes de Cristo, bajo el reinado de Ciro el Grande, se hablaba de respeto a
los pueblos y a sus creencias.
Qué triste resulta pensar que la historia de la
humanidad a veces camina hacia atrás.
Que aquello que un día fue ejemplo de apertura haya terminado convirtiéndose,
en algunos momentos, en un lugar donde el poder oprime, vigila, castiga y
aplasta.
Mientras escribo, una pregunta se abre paso en mi
alma:
¿Qué diría hoy al mundo una mujer iraní?
¿Qué palabras pronunciaría una joven que vive su vida bajo normas que controlan
su cuerpo, su libertad y su voz?
Entonces mi imaginación empieza a volar.
Con la melena suelta al viento, sin velos que aten
mis palabras, mi mente se convierte en Laila.
Una joven de Teherán que hoy, 8 de marzo, decide
hablar:
Me llamo Laila
y vivo en Teherán.
Desde que nací, nací con menos derechos que mi
hermano. No tuve que hacer nada. Bastó con ser niña.
En mi casa aprendí muy pronto que una mujer debe
ocupar menos espacio. Hablar más bajo. Reír más bajo. Soñar más bajo.
Cuando cumplí nueve años mi madre me enseñó a cubrirme el cabello. Me repetía que no se me viera ni un mechón, que caminara deprisa, que bajara la mirada, que no llamara la atención.
No me lo decía
porque creyera que yo era culpable de algo, sino porque en Irán una niña
aprende pronto que su cuerpo puede convertirse en un delito.
También me contó la historia de Mahsa, Jina Amini, la joven
kurda de 22 años
a la que detuvo la policía de
la moral, esos hombres y mujeres del Estado que patrullan las
calles para decidir si tu velo está “bien puesto”, si tu ropa es lo bastante
larga, si existes de la forma correcta para ellos.
La detuvieron por “llevar mal” el hijab. Después
murió bajo custodia. Las autoridades dijeron unas cosas; el mundo entero vio
otras. Y nosotras entendimos el mensaje: en este país, un mechón de pelo puede
costarte la vida.
Pero a veces pienso, con vergüenza y con rabia, que
incluso eso mi madre lo pronunciaba como si fuera un mal menor. “Prefiero que
tengas miedo a que te pase lo de esa niña”, me decía. Y entonces bajaba la voz.
Hablaba de las menores obligadas a casarse, de las
que no entienden aún qué significa la palabra marido y ya tienen que aprender
la palabra obediencia. De las que entran en la infancia y salen directamente al
cautiverio.
Yo no olvido a aquella cría de Ilam, de apenas 11 años, entregada a un hombre mucho mayor, violada una y otra vez dentro de un matrimonio que la ley permitió y la sociedad quiso esconder. Porque cuando una niña no puede decir no, eso no es matrimonio. Es violencia con firma, sello y bendición.
Y son muchas, demasiadas -decenas de miles cada
año- a las que les roban primero la escuela, después el cuerpo y al final la
voz. Les dicen que el esposo tiene derechos, que la familia debe aguantar, que
el honor vale más que la vida. Y así la violación pasa a llamarse deber.
Esa es una de las crueldades más grandes de este
sistema: consigue que el dolor de una mujer parezca normal.
Mi abuela me habla a veces de otro Irán. No de un
paraíso, porque ningún país lo fue nunca para todas, pero sí de un tiempo en
que las mujeres habían conquistado más aire.
Me cuenta que antes de los ayatolás existían leyes
de familia más protectoras, que el Estado no perseguía a las mujeres por un
mechón de pelo, que muchas vestían como querían, estudiaban, trabajaban,
caminaban por la calle con menos miedo.
Me dice que después de 1979 muchas de esas libertades
retrocedieron, que el país se fue cerrando alrededor del cuerpo femenino como
un puño. Y cuando me lo cuenta, siento que no solo nos han robado el presente:
también intentan robarnos la memoria.
Yo pertenezco a la generación que creció viendo nombres de chicas asesinadas convertirse en susurros, luego en gritos y después en pancartas: Mahsa, Nika, Sarina, Hadis, Armita.
Algunas salieron a
protestar. Otras simplemente existieron donde el poder no tolera que una mujer
exista libremente. Todas nos dejaron una herencia: el miedo, sí, pero
también la dignidad.
Cuando salgo a la calle, sé que mi país me mira
como si yo fuera menor de edad para siempre. La ley me vigila. La religión
oficial me encierra. La policía me corrige. Y, aun así, camino.
Camino por mí.
Por mi madre, que aprendió a callar para sobrevivir.
Por mi abuela, que aún recuerda un poco más de libertad.
Por las niñas a las que les pusieron un velo antes de entender el mundo.
Por las esposas -menores- a las que les llamaron mujeres demasiado pronto.
Por las presas que resisten en las cárceles.
Por las asesinadas y asesinados -fueron miles-, hace
apenas dos meses, la mayoría jóvenes, hartas y hartos de tanta represión y
brutalidad, a las que el régimen quiso convertir en olvido… y el mundo también.
Ese mismo mundo que hoy se indigna por la
violación de la soberanía de mi tierra y por las bombas que caen sobre nuestros
líderes, preocupado por la subida y el control del petróleo.
Ese mismo mundo que, durante años, ha permanecido
y permanece mudo ante la violación sistemática de nuestros derechos más
fundamentales.
Mientras nosotras seguimos solas ante la barbarie.
Hola, me llamo Laila. Vivo en Teherán. Y soy
mujer.
Y yo me llamo Marta. Por un momento imaginé ser
mujer en Irán. Pero el viento, tozudo, despeinó mi melena y entonces recordé
que vivo en libertad o eso creo.
Ellas son solo algunas...de las miles
Las siguientes historias pertenecen
a mujeres iraníes valientes y maravillosas cuya muerte ha sido documentada por medios internacionales y
organizaciones de derechos humanos. Sus nombres se han convertido en símbolo
del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”.
Mahsa (Jina) Amini, 22 años, joven kurda iraní, murió el 16 de septiembre de 2022 en Teherán tras ser detenida por la policía de la moral por supuestamente llevar mal el hijab y sufrir violencia bajo custodia.Nika Shakarami, 16 años, estudiante iraní, murió el 20 de septiembre de 2022 en Teherán tras desaparecer durante las protestas y aparecer días después su cuerpo en una morgue.

