LA NOCHE DE SAN JUAN: LA PURIFICACIÓN DEL FUEGO

 

Son las siete de la tarde.

Me he sentado con la idea de escribir sobre filosofías de vida de diferentes culturas para afrontar la adversidad y vivir de manera más consciente.

Mientras tecleo, siento la brisa agradable entrando por la ventana en este día de calor superlativo.

De noche de bruxas, trasnos y conxuros.

Y todo cambia en mi mente.

Los recuerdos de las luminarias, de instantes de ensueño, de rituales alrededor del fuego y de creencias que han acompañado a generaciones enteras empiezan a agolparse en mi memoria.

Las palabras parecen escribirse solas en mi ordenador.

Y, como esa brisa tozuda entrando por mi ventana, algo me susurra:

hoy es la noche de San Xoán.


Una de esas celebraciones que parecen haber sobrevivido al paso de los siglos.

Una celebración que habla de quiénes somos.

Y de quiénes fuimos.

Un hilo conductor entre pasado y presente.

Un pasado donde el ciclo de las estaciones determinaba la supervivencia de toda la comunidad.

Y donde la llegada del verano significaba que los cultivos crecían, que las horas de luz abundaban y que la época de las cosechas comenzaba a acercarse.

Por eso encendían grandes hogueras.

Celebraban.

Daban gracias.

Y realizaban rituales de purificación y renovación.

En Galicia, como en otros lugares de Europa, el fuego y el agua ocupaban un lugar central.

En muchas aldeas se creía que el humo ayudaba a proteger las cosechas, alejaba enfermedades y salvaguardaba tanto a las personas como a los animales.

A veces se hacía pasar al ganado cerca de las hogueras o se llevaban brasas a los campos como una forma de protección simbólica.

Hoy sigue siendo tradición saltar las hogueras cuando ya son casi brasas.

Para dejar atrás todo aquello que ya no sirve.

Otra de las tradiciones más conocidas era y sigue siendo la de facer o cacho o preparar el agua de San Juan.

Quizá una de las costumbres más antiguas que aún conservamos.

Según antiguas leyendas, determinadas plantas alcanzaban durante esta noche un poder especial.

No era solo una cuestión de magia o creencias populares.

Durante siglos, la medicina tradicional dependió en gran medida del conocimiento de las plantas.

Se recogían flores y hierbas como el hinojo, la hierba Luísa, el romero, la malva, la xesta —esas flores amarillas que abundan por nuestros campos— o el helecho.

Hoy hacemos lo mismo.

Las dejamos con agua en una tina al sereno durante toda la noche para que reciban la energía de la luna y el rocío del amanecer.

A la mañana siguiente nos lavamos la cara con esa agua aromática y la dejamos secar al aire.

El gesto simboliza salud.

Renovación.

Limpieza.

Un nuevo comienzo.

Uno que nos recuerda que la luz siempre vence a las tinieblas.

Uno que nos recuerda la necesidad de purificarnos y cerrar etapas.

Y quizá ahí resida la verdadera razón por la que estas tradiciones siguen emocionándonos.

Porque hay algo profundamente hermoso en los rituales compartidos.

Personas de diferentes generaciones reunidas alrededor del fuego.

A la luz de la luna y de las llamas.

Al abrigo de las risas compartidas.

Del olor a churrasco y a sardinas a la brasa.

Y también, de alguna manera, del olor a esperanza.

Porque seguimos necesitando momentos que nos recuerden que la vida está hecha de ciclos y que, incluso después de las etapas más oscuras, siempre vuelve a aparecer la luz.

Y mientras en esta noche las hogueras iluminen playas, plazas y aldeas, habrá una parte de nosotros que seguirá creyendo en ello.

En la renovación.

En la esperanza.

En que algunas cosas merecen ser soltadas para que otras puedan florecer.

Feliz noite de San Xoán.