DEJAR DE DAR PODER A LOS DEMÁS SOBRE NUESTRA VIDA: AUTOESTIMA Y PODER PERSONAL

Desde que nacemos, nuestra imagen —nuestro yo soy— se va construyendo a partir de lo que vivimos y de lo que nos devuelven las figuras de referencia de nuestro entorno: padres, tutores, profesores, amigos.

Aprendemos quiénes somos en función de cómo nos miran.


Infancia, condicionamiento y pérdida del poder personal

Si durante la infancia hemos sido criticados en exceso, sobreprotegidos, o si la expresión de nuestro ser genuino fue reprimida, asfixiada entre normas rígidas y límites no consensuados —sin tener en cuenta nuestra esencia ni nuestra opinión—, es muy probable que en la adultez nos convirtamos en personas dependientes.

Adultos complacientes.

Personas que colocan en el vagón del maquinista las necesidades de los demás, mientras relegan las propias al último compartimento del tren de la vida.

Sobre todo, seremos adultos para quienes la opinión ajena —el temido qué dirán— tendrá más peso que la propia. Y eso condicionará profundamente nuestro estado emocional.

La sociedad actual no contribuye precisamente al empoderamiento personal 
Con la llegada de las redes sociales, ese gran escaparate permanente, muchos adolescentes —y no pocos adultos— definen su valor en función de los likes.

Bienvenidos a la era del hedonismo digital y los selfies.

Como si se tratara de una fórmula matemática, el número de likes parece ser directamente proporcional a la satisfacción personal. Y a la inversa.

Una foto con poca interacción, un post ignorado o un comentario negativo puede afectar profundamente a las personas más sensibles al beneplácito del respetable.

Así, ya sea en la vida real o en la virtual, estamos regalando nuestro poder para que otros definan nuestra valía.

Si eres una de esas personas que otorga demasiada importancia a lo que digan los demás, tienes una cita pendiente.
Una cita ineludible.

Esa cita es contigo.

Hubo un momento —quizá cuando eras pequeño— en el que te desconectaste de tu poder real. De tu valor intrínseco como ser humano. Le diste la espalda a quien eras.

Por eso ahora no te reconoces… y esperas que los demás lo hagan por ti.

Hay algo fundamental que debes integrar:

NO GUSTAMOS A TODO EL MUNDO.

Es una ley universal.
Por muy extraordinario que seas, siempre habrá alguien a quien no le gustes.

La paradoja es esta:
cuanto más te gustas tú, más gustarás a otros.

Deja de desperdiciar energía tratando de controlar opiniones externas sobre cómo eres, cómo te ven o lo que haces. No depende de ti. Está fuera de tu control.

Cada persona evalúa desde su propio filtro: creencias, emociones, heridas, intereses y visión del mundo.

En muchas ocasiones —como ya he comentado en otro post— los juicios ajenos no buscan ayudar, sino manipular, controlar o herir.

Aprende a distinguir:

  • Si una crítica aporta, cómprala.
  • Si es negativa, no le dediques ni un nanosegundo. Te roba energía y te conecta con emociones perjudiciales.

Cuida tu ecología emocional.

Mantén un diálogo profundo y honesto con tu yo soy.

  • Escribe tus cualidades
  • Reconoce tus defectos
  • Ámate y acéptate como eres
  • Conócete
  • Reconócete (pilar fundamental de la autoestima)

Define tu valor. Tu forma única de estar en el mundo.

Cuando te quieres y te respetas, dejas de ser una hoja al viento ante los comentarios ajenos.

Un entrenamiento diario

Pregúntate cada día:

  • ¿Quién soy?
  • ¿Qué deseo?
  • ¿Me quiero?
  • ¿Me acepto?

Acepta solo los juicios que te sirvan, te potencien y te den energía.
Si te la quitan, no les des importancia. Sigue tu camino con el foco iluminando quién eres y lo que deseas.

Define tu territorio vital.
Pon límites sanos alineados con tus valores y tu proyecto de vida.

Decir NO cuando es necesario es profundamente liberador.

Cree que puedes, porque puedes.
Toma conciencia de tus capacidades. Confía.

Eres el capitán, la capitana de tu vida.
No una marioneta.
No un títere.

 Y recuerda

Eres único.
Única.

Irrepetible.

No hay otro ser humano como tú en todo el planeta.

Respétate por eso.
Repito: ERES ÚNICO / ÚNICA.

Celébralo.