EL AUTOENGAÑO: CUANDO LA NARRATIVA SUSTITUYE A LA VERDAD

 

Me fascina el cuerpo humano, en especial el cerebro: programado para garantizar nuestra supervivencia y protegernos de situaciones potencialmente peligrosas o dolorosas.

Hoy quiero escribir sobre el autoengaño, muchas veces una estrategia de protección psicológica: un aprendizaje profundo de la mente para seguir funcionando cuando la realidad resulta insoportable.

Trabajando con personas con problemas de adicción lo he visto con claridad. En la fase pre-contemplativa elaboran narrativas de lo más disparatadas para poder seguir con la adicción:

“de algo hay que morir”,
“yo lo controlo”,
“solo consumo el fin de semana”…

En definitiva, el cerebro aprende a proteger la conducta adictiva como si fuera una necesidad vital.
La narrativa es clara:
“Esto me alivia.
Esto me regula.
Esto me salva”.

La verdad es que las adicciones son una forma de esclavitud y, a largo plazo, destruyen.

Este tipo de autoengaño no aparece solo en las adicciones.
También ocurre con:

  • una relación dañina,
  • una forma de vivir que contradice lo que sentimos,
  • o nuestras propias acciones, cuando no encajan con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Cuando la verdad amenaza con romper algo interno, el sistema no la enfrenta de golpe.
La reformula.

El cerebro no siempre busca la verdad, busca sobrevivir

Desde la psicología sabemos que el cerebro no está diseñado únicamente para conocer la realidad, sino para regular el dolor emocional y mantener una sensación mínima de coherencia interna.

Aceptar ciertos hechos implica consecuencias.
Y no todo el mundo está preparado para asumirlas.

Aceptar que una relación es abusiva puede implicar:

  • miedo a la soledad,
  • miedo a represalias,
  • miedo a perder estabilidad,
  • miedo a enfrentarse a una vida desconocida.

Aceptar que se tiene una adicción puede implicar:

  • renunciar a la anestesia emocional,
  • asumir responsabilidad,
  • atravesar el vacío.

Aceptar que se ha engañado a alguien que nos amaba profundamente implica:

  • derrumbar la imagen del “yo bueno”,
  • sentir culpa real,
  • dejar de justificarse.

Ante ese coste emocional, la mente elige otra vía:
construir una narrativa que permita seguir sin romperse.

Vivir desde la narrativa, no desde los hechos

Las personas atrapadas en el autoengaño no viven guiadas por los hechos.
Viven guiadas por relatos internos.

Relatos que explican, suavizan, justifican o incluso invierten la realidad.

Ahí aparecen los personajes.

El infiel que se presenta como incomprendido.
El agresor que se convierte en víctima.
La persona dañada que justifica al que la daña.
El adicto que “podría dejarlo cuando quiera”.

La narrativa protege al ego.
La verdad lo confronta.

Y cuando el ego siente amenaza, elige la historia que menos duele, no la que más se ajusta a la realidad.

El personaje como escudo del ego

El ego no soporta verse como:

  • contradictorio,
  • dañino,
  • o perdido.

Así que crea personajes desde los que seguir viviendo sin mirarse de frente.

El personaje del incomprendido:

“Soy infiel porque no me cuidan.
No me dan lo que necesito.
Mi pareja es intensa, me controla, me asfixia.”

El personaje del sacrificado:

“No me voy porque en el fondo es buena persona.
Seguro que va a cambiar.
Mi amor es suficiente.”

El personaje del héroe fuerte:

“Yo aguanto con todo.”

El personaje del minimizador:

“No es para tanto.”

Son solo ejemplos.
Hay tantos personajes como historias creadas.

En muchos casos no son mentiras conscientes.
Son mecanismos de defensa.
Formas que tiene la mente de evitar una verdad que pondría en jaque la identidad, el vínculo o la vida tal como es.

Pero vivir desde un personaje tiene un precio:
desconectarse de uno mismo.
Y ese es el caldo de cultivo del vacío existencial y de la sensación de falta de libertad interior.

Autoengaño saludable vs autoengaño tóxico

No todo autoengaño es patológico.

Hay formas de autoengaño transitorias y protectoras:

  • Minimizar un golpe emocional para no colapsar.
    Por ejemplo, cuando acabamos de perder a un ser querido y la mente va asimilando la pérdida poco a poco.
  • Sostener esperanza mientras se recupera fuerza.
    Por ejemplo, ante una enfermedad grave, cuando la esperanza permite atravesar el proceso sin hundirse.
  • Darse tiempo antes de mirar una verdad demasiado cruda.
    Por ejemplo, cuando intuimos que nuestra pareja nos engaña, pero aún no estamos preparados para asumirlo del todo.

Este tipo de autoengaño es flexible.
Puede revisarse cuando la persona está preparada.

El problema aparece cuando el autoengaño deja de ser refugio y se convierte en identidad.

El autoengaño tóxico

El autoengaño tóxico suele reconocerse porque:

  • Es rígido: no se ajusta, aunque cambien los hechos.
    Por ejemplo, seguir diciendo “no es para tanto” cuando ya hay consecuencias claras: deterioro emocional, problemas de salud, conflictos repetidos o advertencias externas. Los hechos cambian, pero el relato permanece intacto.
  • Evita sistemáticamente la responsabilidad.
    Por ejemplo, centrar siempre la explicación en lo que hicieron los demás, en el contexto o en la mala suerte, sin preguntarse qué parte me corresponde a mí.
  • Culpa siempre al exterior.
    El malestar se atribuye al trabajo, a la pareja, a la infancia, al estrés o a las circunstancias, pero nunca a decisiones propias que podrían revisarse o cambiarse. El matiz está en "siempre". Por ejemplo, s
    i vas por la calle tranquilamente y te atracan, claro que la culpa es externa y está fuera de tu control. 
  • Se repite en ciclos.
    Relaciones distintas que terminan siempre de la misma manera, promesas internas de cambio que no se sostienen, o volver a lugares donde ya hubo daño con la idea de: “Esta vez será diferente”.
  • Bloquea decisiones y reparación.
    Saber que algo no funciona, pero posponer indefinidamente una conversación, una salida o un cambio necesario; o pedir perdón sin modificar conductas, de modo que el daño se repite.

Ahí la narrativa deja de proteger.
Empieza a limitar.

Cuando el autoengaño se convierte en prisión

El problema no es protegerse un tiempo.
Eso está bien.

El problema es quedarse a vivir ahí.

Porque el autoengaño sostenido:

  • cronifica el daño,
  • bloquea el crecimiento,
  • anestesia la intuición,
  • debilita la autoestima.

Y algo interno lo sabe.

Por eso aparecen señales que no siempre entendemos:

  • ansiedad sin causa aparente,
  • culpa difusa,
  • sensación de vacío,
  • cansancio emocional,
  • tristeza crónica,
  • incoherencia interna.

No es que no sepamos la verdad.
Es que no nos permitimos mirarla de frente.

Salir del autoengaño es madurar
Es dejar de proteger al ego a costa del alma.

Es pasar de:

“¿Cómo hago para no sentir esto?”

a:

“¿Qué me está diciendo esto que siento?”

La verdad no siempre libera de inmediato.
Pero empieza a ordenar.

Señales prácticas para distinguir narrativa sana de narrativa evasiva

Narrativa sana

  • Puede decir: “Me equivoqué” sin colapsar. Asume responsabilidad y repara.
  • Tolera matices: intención ≠ impacto.
    Por ejemplo: “No era mi intención hacerte daño, pero veo que te lo hice y eso importa.”
  • Ajusta el relato si aparece nueva evidencia.
    Deja de decir “esto es solo una mala racha” cuando los hechos muestran un patrón que necesita revisarse.
  • Termina en conductas: asumir, reparar, aprender, cambiar.

Narrativa evasiva

  • Invalida las señales claras.
    Nada termina de contar como prueba.
    Por ejemplo: “eso no cuenta”, “estás exagerando”, “no fue para tanto”, incluso cuando los hechos se repiten o son evidentes como una mentira descubierta. 

    • Usa absolutos para explicarlo todo.
    Habla en términos de “siempre” o “nunca”, sin hechos concretos ni situaciones específicas que puedan revisarse. "
    El problema contigo es que tú siempre reaccionas mal. Da igual lo que se diga, nunca sabes escuchar." Bloquea el diálogo. Si siempre es así no hay nada que cambiar. 

    • Da muchas explicaciones, pero no asume responsabilidad.
    Puede explicar perfectamente por qué algo ocurrió —estrés, infancia, contexto, los demás—, pero evita preguntarse qué va a hacer distinto a partir de ahora.

    • Se centra en quién lo dice, no en lo que se dice.
    Desacredita al mensajero (“tú no eres objetivo”, “no sabes de lo que hablas”) en lugar de evaluar la información. 
    Funciona como atajo retórico: si dicho mensajero es inválido, el mensaje deja de importar.

    • Produce alivio momentáneo, pero los problemas se repiten.
    La narrativa calma por un rato, pero como no hay cambios reales, el conflicto vuelve una y otra vez.
     “Bueno, ya está, no le demos más vueltas. Siempre acabamos discutiendo por estas cosas, así que mejor dejarlo aquí. Ya se pasará.”

    (Tiempo después, ante el mismo malestar)
    “¿Ves? Otra vez lo mismo. Siempre terminamos igual, pero no vale la pena removerlo.”
     Funciona como una especie de anestesia narrativa: calma el síntoma, pero no trata el problema.

Solo desde los hechos hay cambio real, no desde la narrativa.

En definitiva, existe un autoengaño saludable que protege en momentos puntuales para evitar el colapso emocional.
Pero si no salimos de ahí, a largo plazo se convierte en prisión.

Vivir con conciencia no es vivir sin miedo ni dolor.
Es vivir sin mentirse y sin mentir a los demás. 
Y eso es una forma profunda de respeto hacia uno mismo y hacia los otros. 

Ser una persona noble, auténtica y honesta.