CÓMO INFLUYE LA INFANCIA EN NUESTRA FORMA DE AMAR
Uno de los temas más abordados a lo largo de la historia ha sido el amor: soplo creador, refugio del alma, lugar fértil de crecimiento.
La forma en que aprendemos a amar no
comienza en la vida adulta. Empieza mucho antes, en la infancia, cuando todavía
no sabemos explicar lo que sentimos, pero ya estamos registrando cómo se
quiere, cómo se cuida y cómo se responde al dolor.
El amor temprano deja una huella
profunda en nuestro bienestar emocional. No solo influye en cómo nos
relacionamos con los demás, sino también en cómo nos tratamos a nosotros mismos,
a nosotras mismas.
De pequeños no analizamos el amor:
lo absorbemos.
Aprendemos si el afecto es constante
o imprevisible. Si el error genera diálogo o castigo. Si expresar emociones es
seguro o incómodo.
Cuando somos niños y niñas, hacemos
lo necesario para adaptarnos al entorno que tenemos. Esa adaptación nos ayuda a
sobrevivir emocionalmente.
El problema es que, años después, con
mucha frecuencia seguimos reaccionando desde ese mismo patrón, aunque ya no
estemos en el mismo contexto.
Y se convierte en nuestra manera “natural”
de vincularnos.
Cómo se forma
nuestra manera de amar
Un niño que recibe atención estable
aprende que el vínculo es un lugar seguro. De adulto, suele sentirse cómodo en
relaciones donde hay diálogo y respeto.
En cambio, si el afecto fue
inestable —días de cercanía y días de distancia— puede aprender que amar
implica incertidumbre.
Ya en la vida adulta, puede sentirse
atraído por relaciones intensas, pero poco seguras, porque ese patrón le
resulta familiar.
No se trata de culpabilizar a la
familia ni de reducirlo todo a la infancia. Se trata de comprender que nuestras
primeras experiencias afectivas crean un mapa emocional. Y muchas veces
seguimos ese mapa sin cuestionarlo.
Por ejemplo:
- Si creciste teniendo que “portarte bien” para
recibir cariño, quizás hoy te esfuerces en exceso para que no te
abandonen.
- Si tus emociones eran minimizadas, puede que
ahora te cueste expresar lo que necesitas o minimices las emociones de los
demás.
- Si aprendiste que el conflicto era peligroso,
quizá evites conversaciones necesarias.
Por eso es tan importante descubrir
nuestro mapa emocional para poder amar desde la conciencia y no volver a
repetir patrones relacionales que quizá nos estén dañando.
Porque es justo ahí, cuando dejamos
de reaccionar automáticamente y empezamos a observar esos patrones (hablo de
los dañinos) donde empieza el bienestar emocional.
Preguntas simples pueden abrir un
espacio nuevo:
- ¿Me siento tranquilo, tranquila en el amor o
constantemente en alerta?
- ¿Busco aprobación o conexión real?
- ¿Evito el conflicto por miedo o por equilibrio?
Aprender cómo aprendimos a amar no
es remover el pasado por reproche. Es reconocer qué parte de
nuestra forma de amar fue heredada.
La madurez emocional no consiste en
amar “mejor”, sino en amar con mayor conciencia.
Entender esto no es buscar
responsables ni quedarnos atrapados en la infancia. Es empezar a observar desde
dónde estamos amando hoy.
A veces el conflicto no está en la
otra persona, sino en una necesidad antigua nuestra que todavía busca ser atendida.
Tal vez al leer esto reconozcas algo
propio:
- La tendencia a esforzarte demasiado para que no
te dejen.
- El miedo constante a que algo se rompa.
- La dificultad para confiar.
- O, al contrario, la facilidad para cerrarte antes
de que puedan herirte.
Nada de eso habla de incapacidad
para amar. Habla de cómo aprendiste a hacerlo.
Y un aprendizaje no es una condena.
Se puede aprender algo diferente dejando
en el cajón del olvido lo aprendido.
Podemos empezar a preguntarnos:
¿Estoy eligiendo desde el miedo o
desde la tranquilidad?
¿Estoy buscando que me completen o compartiendo desde lo que ya soy?
¿Reacciono desde una herida antigua o desde la realidad presente?
Amar de otra manera no significa
borrar el pasado. Significa darnos cuenta de él para dejar de buscar fuera lo
que debemos reconstruir dentro.