CÓMO INFLUYE LA INFANCIA EN NUESTRA FORMA DE AMAR

Uno de los temas más abordados a lo largo de la historia ha sido el amor: soplo creador, refugio del alma, lugar fértil de crecimiento.

La forma en que aprendemos a amar no comienza en la vida adulta. Empieza mucho antes, en la infancia, cuando todavía no sabemos explicar lo que sentimos, pero ya estamos registrando cómo se quiere, cómo se cuida y cómo se responde al dolor.


                                                                        Foto de Bethany Beck            

El amor temprano deja una huella profunda en nuestro bienestar emocional. No solo influye en cómo nos relacionamos con los demás, sino también en cómo nos tratamos a nosotros mismos, a nosotras mismas.

De pequeños no analizamos el amor: lo absorbemos.

Aprendemos si el afecto es constante o imprevisible. Si el error genera diálogo o castigo. Si expresar emociones es seguro o incómodo.

Cuando somos niños y niñas, hacemos lo necesario para adaptarnos al entorno que tenemos. Esa adaptación nos ayuda a sobrevivir emocionalmente.

El problema es que, años después, con mucha frecuencia seguimos reaccionando desde ese mismo patrón, aunque ya no estemos en el mismo contexto.

Y se convierte en nuestra manera “natural” de vincularnos.

Cómo se forma nuestra manera de amar

Un niño que recibe atención estable aprende que el vínculo es un lugar seguro. De adulto, suele sentirse cómodo en relaciones donde hay diálogo y respeto.

En cambio, si el afecto fue inestable —días de cercanía y días de distancia— puede aprender que amar implica incertidumbre.

Ya en la vida adulta, puede sentirse atraído por relaciones intensas, pero poco seguras, porque ese patrón le resulta familiar.

No se trata de culpabilizar a la familia ni de reducirlo todo a la infancia. Se trata de comprender que nuestras primeras experiencias afectivas crean un mapa emocional. Y muchas veces seguimos ese mapa sin cuestionarlo.

Por ejemplo:

  • Si creciste teniendo que “portarte bien” para recibir cariño, quizás hoy te esfuerces en exceso para que no te abandonen.
  • Si tus emociones eran minimizadas, puede que ahora te cueste expresar lo que necesitas o minimices las emociones de los demás.
  • Si aprendiste que el conflicto era peligroso, quizá evites conversaciones necesarias.

Por eso es tan importante descubrir nuestro mapa emocional para poder amar desde la conciencia y no volver a repetir patrones relacionales que quizá nos estén dañando.

Porque es justo ahí, cuando dejamos de reaccionar automáticamente y empezamos a observar esos patrones (hablo de los dañinos)  donde empieza el bienestar emocional.

Preguntas simples pueden abrir un espacio nuevo:

  • ¿Me siento tranquilo, tranquila en el amor o constantemente en alerta?
  • ¿Busco aprobación o conexión real?
  • ¿Evito el conflicto por miedo o por equilibrio?

Aprender cómo aprendimos a amar no es remover el pasado por reproche. Es reconocer qué parte de nuestra forma de amar fue heredada.

La madurez emocional no consiste en amar “mejor”, sino en amar con mayor conciencia.

Entender esto no es buscar responsables ni quedarnos atrapados en la infancia. Es empezar a observar desde dónde estamos amando hoy.

A veces el conflicto no está en la otra persona, sino en una necesidad antigua nuestra que todavía busca ser atendida.

Tal vez al leer esto reconozcas algo propio:

  • La tendencia a esforzarte demasiado para que no te dejen.
  • El miedo constante a que algo se rompa.
  • La dificultad para confiar.
  • O, al contrario, la facilidad para cerrarte antes de que puedan herirte.

Nada de eso habla de incapacidad para amar. Habla de cómo aprendiste a hacerlo.

Y un aprendizaje no es una condena.

Se puede aprender algo diferente dejando en el cajón del olvido lo aprendido.

Podemos empezar a preguntarnos:

¿Estoy eligiendo desde el miedo o desde la tranquilidad?
¿Estoy buscando que me completen o compartiendo desde lo que ya soy?
¿Reacciono desde una herida antigua o desde la realidad presente?

Amar de otra manera no significa borrar el pasado. Significa darnos cuenta de él para dejar de buscar fuera lo que debemos reconstruir dentro.