POR QUÉ CUESTA TANTO CAMBIAR ( Y NO ES FALTA DE VOLUNTAD)
Un tema recurrente en mi blog a lo
largo de los años ha sido cómo gestionar cambios vitales, un hábito, tu destino en todo aquello que puedas controlar o las etapas en el proceso de cambio.
Es un tema que genera mucho interés,
pero que no es tan fácil de llevar a la práctica.
Cuando hablo de cambio, no me
refiero necesariamente a grandes giros vitales ni a transformaciones radicales
de un día para otro.
Hablo de cambios más silenciosos:
cambiar actitudes que nos dañan, hábitos que alivian a corto plazo, pero pasan
factura, o formas de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás que un
día nos protegieron… y hoy nos limitan.
Cambios como:
- dejar de complacer constantemente,
- aprender a poner límites,
- soltar la necesidad de control,
- salir de la desmotivación,
- dejar de anestesiarte con comida, tabaco,
pantallas o actividad constante,
- o cuestionar patrones que sabes que no te hacen
bien, pero que sigues repitiendo.
Y ¿sabes por qué es difícil
llevarlos a cabo?
Porque muchas veces ocurre esto:
Eres consciente de que algo te daña.
Lo tienes claro desde hace tiempo.
Prometes cambiar, te motivas, lees, reflexionas…
Y, aun así, al cabo de un tiempo,
vuelves a hacer lo de siempre.
Entonces aparece la culpa, la
frustración y una pregunta muy habitual:
¿Qué me pasa? ¿Por qué no soy capaz de cambiar? ¿Por qué me cuesta tanto?
El gran error:
creer que cambiar es solo cuestión de voluntad
Durante mucho tiempo se nos ha
repetido que cambiar depende de:
- quererlo lo suficiente,
- tener fuerza de voluntad,
- pensar en positivo.
Y cuando no lo conseguimos, la
conclusión suele ser dura:
“Soy débil.”
“No tengo disciplina.”
“Algo falla en mí.”
Pero ¿y si el problema no fuera
falta de ganas?
¿Y si lo que cuesta tanto cambiar
tuviera una explicación mucho más humana?
Lo que hoy te
daña, antes te ayudó
Aquí hay una clave fundamental que
rara vez se explica:
Las personas no repiten conductas
porque sean incoherentes o incapaces, sino porque esas conductas funcionaron en
algún momento de su vida.
Aunque hoy tengan un coste.
Por ejemplo:
Complacer a
otros
Quizá decir que sí cuando querías
decir que no evitó conflictos, enfados o rechazo.
Tal vez aprendiste que adaptarte al humor de los demás mantenía la calma.
Tu cuerpo aprendió algo muy
sencillo:
“Si agrado, estoy a salvo.”
Controlarlo
todo
Revisar mil veces, necesitar planes
claros, respuestas antes de empezar…
Todo eso pudo darte sensación de seguridad en momentos de incertidumbre.
El mensaje que quedó grabado fue:
“Si controlo, no me hacen daño.”
Anestesiar
emociones
Pasar horas con el móvil, volverte adicto
a cualquier sustancia, la comida o el
trabajo puede haber sido una forma de no sentir un dolor que en su momento era
demasiado.
El cuerpo registró:
“Si no siento, no duele.”
Estas respuestas no aparecieron por
casualidad.
Fueron soluciones aprendidas.
Y el cuerpo no olvida fácilmente aquello que un día lo protegió.
Por qué
repetimos lo mismo
En psicología del comportamiento
hablamos de contingencias.
Dicho de forma sencilla, es esta relación:
“Cuando hago X, ocurre Y.”
Por ejemplo:
- Llego a casa agotada → como comida confort (dulce, snacks...) sin
hambre → durante
un rato me siento mejor. A la larga, gano peso, grasa corporal, puede
subir el colesterol malo.
- Me callo lo que me molesta → evito una discusión → baja la tensión. Sube la ansiedad interna por rumiación y emociones
no expresadas.
- Reviso todo mil veces → siento más control → disminuye la ansiedad, pero no la soluciona y de nuevo
empieza el ciclo para cambiarla.
Si una conducta reduce el malestar,
aunque sea solo durante un rato, el cuerpo la registra como útil.
Y lo útil… tiende a repetirse.
Por eso cambiar cuesta tanto.
Cuando la
motivación no se ha construido
Esto se ve muy claro, por ejemplo,
en muchos jóvenes desmotivados.
“No quiere estudiar.”
“No se esfuerza.”
“No le interesa nada.”
Solemos pensar que es un problema de
carácter o de ganas.
Pero muchas veces la motivación no es algo que “aparece”, sino algo que se
construye.
Nos motivamos cuando comprobamos,
una y otra vez, que lo que hacemos tiene un efecto real.
Si desde pequeños alguien:
- nos resuelve los problemas,
- evita cualquier frustración,
- cede rápidamente ante el enfado,
- compensa siempre el fracaso,
el mensaje que puede quedar es:
“No necesito esforzarme.”
“Si algo me cuesta, lo dejo.”
Donde no hay experiencia de esfuerzo
sostenido, no puede crecer la motivación.
Cambiar no es
solo dejar algo
Aquí está una de las partes más
difíciles del cambio.
Cambiar no significa solo abandonar
una conducta.
Significa quedarte, durante un tiempo, sin tu solución habitual.
Por ejemplo:
- Si dejas de comer por ansiedad, la ansiedad no
desaparece de golpe.
- Si dejas de controlar, la inseguridad se nota
más.
- Si dejas de distraerte, el malestar se siente con
más claridad.
Esto no significa que estés
retrocediendo.
Significa que tu cerebro está aprendiendo algo nuevo.
Mirarte distinto
cambia el proceso
Cuando entiendes que tus patrones
tienen una historia:
- dejas de atacarte,
- aflojas la culpa,
- empiezas a mirarte con más comprensión.
No porque “todo valga”,
sino porque nadie cambia desde el castigo interno.
El cambio profundo no nace de
exigirte más,
sino de entender:
- qué haces,
- para qué lo haces,
- y qué necesitas aprender ahora.
Porque no cambiamos solo cuando
entendemos algo.
Cambiamos cuando vivimos algo diferente suficientes veces.
Entonces, ¿qué
ayuda a cambiar?
1. Entender la función antes de eliminar el síntoma
Antes de pedirte que dejes una conducta, pregúntate para qué te ha servido.
2. Aprender alternativas reales
Cambiar no es quedarte sin nada. Es aprender otra forma de responder cuando
aparece la incomodidad. Por ejemplo, en vez de calmar la ansiedad comiendo, baja
al cuerpo (grounding) . Nombra 4 cosas que veas, 3 que puedas tocar, 2 que puedas escuchar,
1 que puedas oler y haz respiración vagal durante 5 minutos. Inhalar en
4, exhalar en 8.
3. Empezar pequeño
El sistema nervioso no confía en grandes promesas, confía en pruebas, si repites día a día un hábito de forma diferente. Como el que comenté en el
apartado anterior. Sustituir la comida por ejercicios de afrontamiento de la
ansiedad.
4. Sostener el malestar inicial
Sentirte peor al principio no es fracasar: es dejar tu anestesia habitual. No luches contra el malestar, atraviésalo con confianza.
5. Cuidar el diálogo interno
Las recaídas en el antiguo yo, es normal. No te vengas abajo. Ten paciencia
contigo y cuida el diálogo interno.
6. Repetir experiencias nuevas
El cambio se consolida cuando el cuerpo comprueba que puede sostener lo que
antes parecía imposible.
Y entonces, sin forzarlo,
el cambio deja de sentirse como una lucha constante
y empieza a convertirse en una realidad.