ECLIPSE SOLAR: UNA METÁFORA SOBRE NUESTRA SOMBRA
Dentro de unas horas se producirá un fenómeno que no se contempla en mi país desde hace más de cien años: un eclipse total de Sol.
-Hace cuatro años vivimos uno LUNAR-
Un fenómeno que, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido protagonista de innumerables mitos, leyendas, supersticiones y rituales.
Hubo culturas que imaginaron dragones devorando el
Sol; otras hablaron de lobos, ranas o seres mitológicos que lo perseguían y se
lo tragaban.
Esa oscuridad repentina fue interpretada como un
presagio, una amenaza o la manifestación de fuerzas que el ser humano no podía
comprender.
Hoy sabemos que no hay ningún monstruo devorando
el Sol.
Sabemos que la Luna se interpondrá entre él y
nosotros y que, durante unos instantes, todo se oscurecerá. Bajará la
temperatura. La luz desaparecerá.
Y después, volverá.
Pero imaginemos por un momento que no lo
supiéramos.
Imaginemos cómo debieron de vivirlo las personas
hace dos mil o tres mil años, cuando todavía no podían explicar lo que estaba
sucediendo sobre sus cabezas.
De repente, en mitad del día, una enorme sombra
comenzaba a cubrir el Sol.
La luz desaparecía poco a poco. El cielo se oscurecía. La temperatura descendía. Los animales alteraban su comportamiento. Y la fuente de calor de la que dependía la vida parecía desvanecerse sin ninguna explicación.
Debía de dar miedo.
Mucho miedo.
Porque pocas cosas nos asustan tanto como lo que
no comprendemos.
Y puede que no sea tan diferente de lo que ocurre
con nuestra propia sombra.
Un concepto central en la psicología analítica de
Carl Gustav Jung. Para él, la sombra estaba formada por aspectos de nosotros
mismos que no conocemos o que no queremos reconocer.
Allí quedarían las partes que nos cuesta aceptar
como propias: nuestros miedos, nuestra rabia, nuestras inseguridades, nuestras
contradicciones, nuestros deseos…
Pero, para Jung, la sombra no contenía únicamente
aspectos negativos.
También podían quedar escondidas cualidades que,
por nuestra educación, historia o el entorno en el que crecimos, aprendimos a
rechazar o a no mostrar: nuestra espontaneidad, nuestra capacidad para poner
límites, nuestra sensibilidad, nuestra creatividad…
Entonces, ¿cómo podemos tomar conciencia de
nuestra sombra?
No existe una fórmula que nos permita descubrir
todo aquello que permanece fuera de nuestra conciencia.
Pero podemos empezar prestando atención a lo que
pensamos, sentimos y hacemos, especialmente cuando algo de nosotros mismos nos
resulta difícil de reconocer.
Podemos preguntarnos:
¿Qué emociones me cuesta admitir?
¿Qué aspectos de mí intento ocultar porque no
encajan con la persona que creo que debería ser?
¿Hay algo que digo que no me importa y, sin
embargo, sí me importa?
¿Qué cualidades no me permito mostrar por miedo a
lo que otros puedan pensar de mí?
Las respuestas no tienen por qué esconder un
trauma, una herida de infancia ni una explicación profunda.
Tampoco significa que todo lo que descubramos
tenga que interpretarse como parte de nuestra «sombra».
A veces estaremos simplemente reconociendo una
emoción, una contradicción o algo que deseamos y que hasta entonces nos había
costado admitir.
Por mi formación profesional he descubierto el enorme
poder que encierra el saber hacernos las preguntas correctas.
Detenernos a observarnos, reflexionar o escribir
sobre ello puede ayudarnos a poner palabras a lo que sentimos. Pero no siempre
es fácil comprender por nosotros mismos aquello que hemos mantenido fuera de
nuestra conciencia.
Si lo que encontramos nos desborda, nos provoca un
malestar importante o estamos atrapados en patrones que no conseguimos
comprender o cambiar, buscar ayuda profesional puede
ofrecernos un espacio seguro para explorarlo.
Porque tomar conciencia no significa tener que
entenderlo todo solos.
Para Jung, además, el camino no consistía
simplemente en descubrir la sombra, sino en reconocerla e integrarla.
Integrarla no significa dar rienda suelta a todo
lo que descubrimos en nosotros ni justificar cualquier comportamiento porque
«forma parte de ella».
Significa ser capaces de reconocer lo que
encontramos y decidir qué hacemos con ello.
Reconocer nuestra rabia, pero no descargarla sobre
nadie.
O reconocer una cualidad que habíamos aprendido a ocultar y permitirnos desarrollarla.
Hay infinidad de ejemplos.
En definitiva, se trata de hacer visible lo que
hasta entonces permanecía oculto.
Por eso un eclipse de Sol me parece una metáfora
preciosa.
Durante unos instantes, la sombra puede ocultar el
Sol.
Pero el Sol no ha desaparecido.
Sigue ahí.
Sosteniendo la vida.
