¿CUÁNTA NATURALEZA NECESITAMOS? LA REGLA 3-30-300

 

Llevo media hora abstraída mirando los árboles que parecen entrar por mi ventana.

El verde de mi tierra se me antoja irreverente y sanador.

Por uno de esos loopings vitales, estoy de nuevo en medio de un bosque de trasnos e bruxas, mientras siento el poder ancestral de las leyendas celtas danzando por mi cabeza.

Y me doy cuenta de que esto es lo que necesito.

Verde.

Recuerdo que hace unos años leí sobre una regla que me llamó la atención: 3-30-300.

La había propuesto Cecil Konijnendijk, investigador especializado en naturaleza urbana, como una forma sencilla de pensar cuánto verde deberíamos tener cerca incluso cuando vivimos en una ciudad.

Tres árboles visibles desde nuestra casa.

Un treinta por ciento de cobertura arbórea en nuestro barrio.

Y un parque o espacio verde a menos de trescientos metros.

Tres.

Treinta.

Trescientos.

Una regla sencilla detrás de una pregunta mucho más compleja: ¿cuánta naturaleza necesitamos cerca para vivir mejor?

En 2022, un estudio liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) intentó evaluar la relación entre esta regla y la salud mental en más de tres mil personas residentes en Barcelona.

Los resultados apuntaron hacia una asociación entre una mayor presencia de verde residencial y una mejor salud mental.

Sin embargo, no todos los componentes de la regla mostraron por separado esa relación y los propios investigadores señalaron las limitaciones del estudio.

Así que no.

No podemos decir que mirar tres árboles desde nuestra ventana vaya a hacernos más felices.

Ni que vivir a doscientos noventa y nueve metros de un parque vaya a proteger nuestra salud y hacerlo a trescientos uno deje de hacerlo.

La ciencia rara vez funciona con medidass tan perfectas.

Pero la regla 3-30-300 plantea algo que me parece interesante: qué lugar dejamos a la naturaleza en los espacios en los que transcurre nuestra vida.

Yo sabía que aquello tenía sentido para mí.

Y para muchas personas.

Al fin y al cabo, venimos de la tierra y volvemos a ella. O al mar.

También sé, porque las he conocido, que hay personas profundamente urbanas.

Urbanas hasta la médula.

De esas que necesitan masticar asfalto para sentir que la vida les vive.

O, más bien, ellas a la vida.

Personas que encuentran energía en el ruido de una ciudad, en sus calles, en sus luces, en un café lleno de conversaciones, o en la sensación de que siempre está ocurriendo algo: el bullicio.

Y está bien.

No creo que todos necesitemos lo mismo.

Pero también sé que, si has llegado hasta aquí y entiendes por qué llevo media hora mirando por la ventana, quizá seas un poco como yo.

Quizá necesites un árbol cerca.

Un lugar al que salir cuando la cabeza tiene exceso de pensamientos.

Caminar entre verde.

Escuchar el sonido del silencio.

Sentir el viento.

O simplemente levantar la mirada y encontrar algo ancestral al otro lado del cristal.

Porque cada vez sabemos más sobre la relación entre los espacios verdes y nuestra salud.

Y quizá esa sea una de las cosas que más me gustan de la regla 3-30-300.

Que no nos habla de una naturaleza lejana.

No nos pide vivir en mitad de un bosque.

Habla del árbol que vemos desde casa.

Del verde de nuestro barrio.

Del parque al que podemos llegar caminando.

De introducir pequeños fragmentos de naturaleza allí donde hemos construido asfalto.

Hoy miro por mi ventana y pienso en todo esto, lejos de esas fronteras ideológicas diseñadas para separar.

Pienso en el tres.

En el treinta.

En el trescientos.

Y en que, en este momento no tengo tres árboles delante de mí.

Tengo un bosque.

El Atlántico.

Y un arcoíris.