LA FRUSTRACIÓN EN LA EDUCACIÓN DE NUESTROS HIJOS E HIJAS: POR QUÉ ES CLAVE PARA SU AUTOESTIMA Y MADUREZ EMOCIONAL
Hace años escribí un post sobre cómo
educar niños felices que tuvo bastante repercusión. No es casual. La
felicidad infantil es un tema que preocupa —y mucho— a madres y padres.
Aunque mi concepto
de felicidad se aleja bastante del que hoy circula por el metaverso y ha calado en la sociedad.
En nuestra cultura actual, la felicidad se ha convertido casi en una obligación y suele asociarse a:
- satisfacción constante,
- éxito personal,
- comodidad,
- y, sobre todo, ausencia de frustración.
Desde este imaginario, muchas
familias intentan proteger a sus hijos e hijas de cualquier dificultad, error o
decepción, con la intención —honesta— de evitarles el sufrimiento.
Sin embargo, la felicidad infantil
no consiste en evitar el malestar, sino en aprender a transitarlo con apoyo.
Y en ese aprendizaje, la frustración es una pieza clave del desarrollo
emocional.
Qué es la
frustración y por qué es necesaria en la infancia
Desde la psicología evolutiva, la
frustración es la emoción que aparece cuando la realidad no coincide con el
deseo.
Esto ocurre inevitablemente desde
los primeros años de vida:
cuando el adulto dice “no”, cuando algo no sale como se esperaba, cuando hay
que esperar o esforzarse.
Es importante recalcar que un niño o
una niña que nunca se frustra:
- no aprende a esperar,
- no tolera el esfuerzo,
- no desarrolla recursos internos para afrontar la
dificultad.
La frustración no es un fallo en
la crianza; es un entrenamiento emocional que prepara a nuestros hijos e
hijas para la vida real.
Cómo evitamos
la frustración sin darnos cuenta
La mayoría de madres y padres no
evitan la frustración por desinterés, sino por amor mal entendido, miedo o
culpa.
Algunas conductas muy habituales
son:
- Hacer por el hijo lo que ya podría hacer solo
(abrocharse, recoger, resolver conflictos).
- Intervenir de inmediato ante cualquier dificultad
mínima.
- Justificar siempre sus errores frente a otros
adultos.
- Evitar consecuencias naturales (llevarle el
material olvidado, resolver lo que no hizo).
- Compensar el malestar con regalos, pantallas o
premios.
A corto plazo, el niño parece más
tranquilo.
A largo plazo, puede interiorizar dos aprendizajes implícitos muy potentes:
- No puedo sostener el malestar; alguien tendrá que
resolverlo por mí.
- No importa lo que haga: no hay consecuencias
reales.
El resultado no es una infancia más
feliz, sino un bloqueo en la madurez emocional.
Consecuencias
de una infancia sin frustración
Cuando un niño no aprende a
frustrarse, es frecuente que en etapas posteriores aparezcan:
- baja tolerancia al esfuerzo,
- abandono rápido de proyectos,
- desmotivación profunda,
- dependencia emocional,
- dificultad para sostener compromisos,
- sensación de vacío o apatía,
- escasa capacidad para hacerse cargo de sí mismo o
de sí misma.
Intentar evitar toda frustración no protege:
desprotege.
Permitir la
frustración no significa…
1.
Desentenderse
Ignorar al niño cuando llora o
enfurece, aislarlo o seguir con lo propio transmite un mensaje implícito claro:
“Cuando me siento mal, estoy solo.”
2. Endurecerse
Responder con frialdad, rigidez o
minimización comunica:
“Mis emociones molestan.”
3. Humillar
Ridiculizar, comparar o exponer su
malestar transmite:
“Sentir es vergonzoso.”
4. Minimizar
Restar importancia o distraer
automáticamente comunica:
“Lo que siento no importa.”
Qué significa
realmente permitir la frustración
Permitir que un niño se frustre
significa:
- estar presente emocionalmente,
- validar la emoción (no la conducta),
- sostener el límite,
- confiar en su capacidad para atravesar el
malestar.
Desde el apego seguro, el mensaje es
claro:
“No siempre puedo evitar que te frustres, pero no estás solo cuando ocurre.”
Qué decirle a
un hijo cuando está frustrado
Acompañar no es callar ni rescatar,
pero tampoco explicar en exceso. A veces, menos palabras sostienen más.
Algunos mensajes emocionalmente
sanos pueden ser:
- “Veo que estás muy enfadado porque no ha salido
como querías.”
- “Es normal que te sientas así.”
- “No puedo hacerlo por ti, pero estoy aquí.”
- “Sé que te cuesta, y confío en que puedes
manejarlo.”
- “Lo siento, no te voy a comprar eso. Cuando estés
más tranquilo si quieres lo hablamos”.
Y otras veces, especialmente cuando
hay límites claros, lo más respetuoso es un NO firme y calmado, sin
justificarse en exceso.
Decir “no” también es acompañar,
cuando el adulto puede sostener la emoción que ese “no” genera.
La frustración
como base de la autoestima real
La autoestima no se construye evitando el fracaso.
Se construye atravesándolo y comprobando que uno puede seguir adelante.
Un niño que aprende a tolerar la
frustración:
- confía más en sí mismo,
- no huye ante la dificultad,
- no necesita anestesias constantes,
- desarrolla motivación interna.
No porque siempre lo consiga, sino
porque descubre que puede sostener lo que siente.
Frustración,
límites y amor
Los límites son una de las principales fuentes de frustración
infantil…
y también una de las mayores fuentes de seguridad emocional.
Un “no” claro, sostenido con calma y
presencia emocional, fortalece el vínculo.
Lo que debilita el vínculo es:
La incoherencia
- Un día se dice que no hay pantallas entre semana
y al siguiente se permite “porque hoy estoy cansado/a”.
- Se pone un límite y, ante el llanto, se retira
sin explicitarlo.
- Un adulto dice “no” y el otro lo desautoriza
delante del niño o la niña.
Efecto en el niño: confusión, inseguridad y necesidad constante de
probar los límites.
El miedo
constante a frustrar
- Evitar decir “no” por miedo a que el hijo se
enfade, llore o nos vea como “malos”.
- Ceder rápidamente para que “no lo pase mal”.
- Convertir cada límite en una larga negociación
para evitar el conflicto.
Efecto en el niño: dificultad para tolerar el malestar y sensación de
que las emociones dirigen las decisiones adultas.
La culpa mal
gestionada
- Decir “no” y, acto seguido, compensarlo con
regalos, pantallas o privilegios.
- Mantener el límite, pero con un tono
excesivamente justificativo.
- Sentirse tan culpable que finalmente se retira el
límite.
Efecto en el niño: aprende que el límite es injusto o que el adulto no
confía en su propia decisión.
Por último,
Un niño que nunca se frustra aprende
a huir del malestar; de adulto buscará anestesiarse con consumo, relaciones
dependientes o distracciones constantes.
Permitir la frustración no es
endurecerse cuando nuestros hijos e hijas se sienten mal por no conseguir lo
que desean.
Permitir la frustración es confiar en que van a atravesar ese malestar de
manera resiliente.
Y esta confianza es una de las
formas más profundas de amor.
