LAS VIDAS QUE NO VIVIMOS: POR QUÉ IDEALIZAMOS EL PASADO Y LOS ¿Y SI...?
Al parecer es una novela muy conocida. Yo no la
conocía.
Mezcla temas de depresión, arrepentimiento y
segundas oportunidades con un toque fantástico.
La protagonista, Nora Seed, tiene unos 35 años y
siente que su vida no tiene sentido. Tras un intento de suicidio, queda
suspendida entre la vida y la muerte y aparece en una biblioteca misteriosa
donde cada libro representa una versión distinta de la vida que podría haber
vivido si hubiese tomado otras decisiones.
Otro camino.
Otro amor.
Otro trabajo.
Otra ciudad.
El famoso “¿y si…?” que casi todos nos hacemos
alguna vez a lo largo de la vida.
Y no me refiero a los ¿y si…? que emergen de
nuevas ideas, o de sueños que recuperamos…
Hablo de los que surgen de hechos pasados, de lo que ya no es o de lo que nunca llegó a ser.
En psicología se denominan pensamientos
contrafactuales.
La mente imagina versiones alternativas de lo
ocurrido.
“¿Y si hubiese dicho que sí?”
“¿Y si me hubiese quedado?”
“¿Y si me hubiese atrevido?”
Es una forma que tiene el cerebro de contemplar
escenarios alternativos para:
Aprender.
Corregir errores.
Imaginar posibilidades distintas.
Suelen aparecer acompañados de arrepentimiento, pero
el arrepentimiento no es más que una toma de conciencia.
Y también hay algo curioso en ese “¿y si…?”.
Cuando alguien vuelve constantemente al pasado y
empieza a preguntarse qué habría ocurrido si hubiese tomado otra decisión,
muchas veces no está hablando realmente del pasado.
Está hablando de su presente.
Porque si necesitamos refugiarnos en historias,
relaciones o decisiones que ya no existen, quizá deberíamos preguntarnos qué
está faltando en nuestra vida actual para que nuestra mente necesite volver
allí.
La pregunta honesta no es:
“¿Y si hubiese ocurrido?”
La verdadera pregunta es:
¿Por qué sigo necesitando volver a ese lugar
imaginario?
¿Qué creo que había allí que ahora no encuentro?
¿Qué sensación estoy intentando recuperar?
¿Qué parte de mí busca refugio en el baúl de los recuerdos?
Porque la vida, nos guste o no, solo ocurre
aquí.
En este instante.
En el ahora.
El pasado no es un lugar al que podamos regresar.
Es apenas un fantasma de otro tiempo.
Un conjunto de recuerdos reconstruidos por nuestra mente.
Y muchas veces, reconstruidos desde la
idealización.
Idealizamos personas, decisiones y caminos que
nunca vivimos del todo porque la mente humana tolera mal los finales
abiertos.
Lo inconcluso permanece más tiempo en nuestro
interior.
Y cuando algo queda suspendido en el aire —una
decisión que no tomamos, una vida que no vivimos, una historia que no terminó de cerrarse— el cerebro intenta darle sentido reconstruyéndolo desde el
presente.
Pero no recordamos de forma exacta.
Recordamos interpretando.
Y en esa reconstrucción intervienen nuestras
emociones actuales, nuestras necesidades presentes y nuestros deseos
inconscientes.
Muchas veces los recuerdos son exactamente eso: bonitos, inspiradores, felices.
No necesitamos idealizarlos. No hay ¿y si…?
Pero otros, los inconclusos, los recordamos sin
sus aristas más incómodas.
La distancia emocional suaviza los defectos.
El dolor se atenúa.
Las señales de alarma desaparecen.
Rellenamos los espacios vacíos con fantasía
emocional.
Y entonces la mente crea una narrativa mucho más
amable, mucho más hermosa… y muchas veces mucho más irreal.
Es una especie de amnesia selectiva.
Idealizar es, en cierto modo, una forma de
regulación emocional.
Cuando lo hacemos, se activan circuitos
relacionados con la recompensa y el bienestar, generando sensación de
conexión, alivio emocional y significado.
Por eso algunas personas consiguen incluso volver
a lugares donde les dañaron.
Porque muchas veces no volvemos realmente a una
persona, un lugar o una decisión.
Volvemos a la fantasía emocional que construimos alrededor
de aquel pasado que no vivimos del todo.
Y cuando la vida, al igual que le ocurre a Nora en
su biblioteca imposible, te permite abrir uno de esos libros años después, uno
con el guion ya escrito en tu mente desde el recuerdo idealizado.
Como si aquella vida alternativa fuese a darte por
fin eso que creías haber perdido.
Esa vida puede mostrarte algo muy revelador:
Que quizá no habías dejado escapar tu felicidad.
Que tu recuerdo no era como tú pensabas.
Era un refugio emocional.
Que aquella cima no tenía las vistas imaginadas.
Que aquella versión vital alternativa no era tan perfecta como la habías
construido en tu mente.
Y que tu intuición ya sabía cosas que tu nostalgia
tardó años en comprender.
Porque si algo tengo claro, es que la calma interior
no se construye resolviendo todos los “¿y si…?”.
Se construye cuando dejamos de huir hacia las
vidas que no vivimos y empezamos a preguntarnos qué estamos necesitando en el
presente para seguir buscando refugio en lo que ya no es.
