¿POR QUÉ SOBREPENSAMOS? CÓMO SALIR DEL BUCLE MENTAL

 

Son las tres de la mañana.

Los duendes han decidido despertarme.

Miro el reloj para calcular cuántos minutos quedan hasta que suene el despertador.

Mientras intento volver a dormirme, olvidando por completo mis propios consejos sobre respirar, aceptar y dejar fluir, mi cerebro decide aprovechar la ocasión para repasar la agenda del día siguiente, analizar tres decisiones importantes de mi vida y calcular cuarenta y dos posibles escenarios futuros.


Y entonces me hago la pregunta:

¿Por qué pensamos tanto?

La mayoría de las personas creen que sobrepiensan porque son muy analíticas.

Y muchas veces no es eso.

De hecho, pensar constantemente no siempre es una señal de capacidad de análisis.

A menudo es simplemente una característica de cómo funciona nuestro cerebro.

La mente humana está diseñada para generar pensamientos de forma continua.

Incluso cuando creemos que no estamos haciendo nada, el cerebro sigue trabajando.

Durante años se repitió la idea de que tenemos decenas de miles de pensamientos al día, aunque la cifra exacta sigue siendo objeto de debate.

Lo importante es que gran parte de esos pensamientos aparecen de forma automática, sin que los hayamos elegido conscientemente.

Existe una red cerebral conocida como red por defecto o Default Mode Network que se activa especialmente cuando no estamos concentrados en una tarea externa.

Es la red que entra en funcionamiento cuando recordamos el pasado, imaginamos el futuro, pensamos sobre nosotros mismos o dejamos que la mente divague.

Gracias a ella podemos aprender de nuestras experiencias, planificar, reflexionar, ser creativos y construir nuestra identidad.

En realidad, esta capacidad ha sido fundamental para nuestra supervivencia.

Nuestros antepasados que eran capaces de anticipar peligros, aprender de errores y prepararse para situaciones futuras tenían más probabilidades de sobrevivir.

El problema es que hoy seguimos utilizando el mismo sistema.

Solo que ahora el cerebro ya no se preocupa por un depredador escondido entre los arbustos.

Se preocupa por una conversación que ocurrió hace tres días, un correo electrónico que todavía no ha llegado o algo terrible que podría suceder dentro de seis meses.

O nunca.

Y ahí es donde empieza el problema.

Porque la misma capacidad que nos permite planificar también puede atraparnos.

Cuando esa actividad mental se vuelve excesiva, puede transformarse en preocupación, rumiación y sobrepensamiento.

Y entonces empezamos a vivir más tiempo dentro de nuestra cabeza que dentro de nuestra propia vida.

¿Por qué ocurre?

Hay varias razones.

1. El cerebro confunde pensar con resolver

Cuando algo nos preocupa solemos creer que una vuelta más nos acercará a la solución.

Y otra.

Y otra más.

Como si el problema fuese una caja fuerte que acabará abriéndose si encontramos la combinación adecuada.

Pero muchas veces no estamos resolviendo nada.

Simplemente estamos reproduciendo el mismo pensamiento con distintas palabras.

El cerebro interpreta la actividad mental como productividad.

Nos da la sensación de que estamos haciendo algo útil.

Aunque llevemos dos horas atrapados en el mismo bucle.

Pensar parece acción.

Y por eso resulta tan fácil quedarse allí.

Hace años escribí sobre un pequeño ritual de pensamientos positivos que

utilizaba para contrarrestar ciertos patrones mentales automáticos. 

Con el tiempo he aprendido que no siempre necesitamos sustituir pensamientos 

negativos por otros positivos; a veces basta con entrenar nuestra mente para

 dejar de prestar atención a aquellos que nos nos acercan a ninguna solución. 

2. Sobrepensar es una ilusión de control

Cuando algo nos genera incertidumbre, la mente intenta reducirla.

Una relación.

Una decisión importante.

Un problema económico.

La salud.

El futuro.

Pensamos porque creemos que así podremos anticiparnos a lo que va a ocurrir.

Como si imaginar todos los escenarios posibles pudiera protegernos del dolor.

Pero hay situaciones que no se resuelven pensando más.

Se resuelven actuando.

O aceptando que no podemos controlarlo todo.

Y esa suele ser una de las lecciones más difíciles de aprender.

Porque aceptar incertidumbre resulta mucho más incómodo que seguir pensando.

3. Pensar no siempre es reflexionar

A menudo utilizamos ambas palabras como si significaran lo mismo.

Pero no lo son.

Reflexionar implica avanzar.

Rumiar implica girar en círculos.

La reflexión abre posibilidades.

La rumiación repite preguntas.

La reflexión genera comprensión.

La rumiación genera agotamiento.

Hay una pregunta muy sencilla que puede ayudarnos a diferenciarlas:

¿Este pensamiento me está acercando a alguna conclusión o llevo una hora en el mismo lugar?

4. El sobrepensamiento suele esconder emociones

Y aquí aparece algo que muchas veces pasa desapercibido.

A veces no estamos pensando.

Estamos evitando sentir.

Porque sentir miedo duele.

Sentir tristeza duele.

Sentir culpa duele.

Sentir incertidumbre duele.

Entonces la mente hace algo muy inteligente.

Nos distrae con pensamientos.

Analizamos.

Interpretamos.

Buscamos explicaciones.

Intentamos entenderlo todo.

Y mientras tanto evitamos entrar en contacto con la emoción que hay debajo.

Por eso algunas personas no dejan de pensar.

Porque pensar resulta más soportable que sentir.

5. El cuerpo tiene mucho que ver

Existe otra razón que solemos ignorar.

Pensamos con el cerebro.

Pero el cerebro forma parte de un cuerpo.

Y cuando ese cuerpo está agotado, estresado o ansioso, nuestra forma de pensar cambia.

Todos hemos vivido alguna vez esa experiencia.

Un problema que parece gigantesco a las tres de la mañana.

Y perfectamente manejable a las diez de la mañana después de haber descansado.

La falta de sueño, el estrés crónico y la ansiedad favorecen que la mente se quede atrapada en pensamientos repetitivos y preocupaciones.

Por eso cuando estamos cansados no solo pensamos más.

Pensamos peor.

¿Cómo romper el ciclo?

La buena noticia es que no necesitamos eliminar nuestros pensamientos.

Eso sería imposible.

La mente está diseñada para pensar.

El objetivo no es dejar la mente en blanco.

Es dejar de quedar atrapados en ella.

Observar los pensamientos sin creerlos automáticamente

Una de las herramientas psicológicas más eficaces consiste en aprender a tomar distancia de lo que pensamos.

Porque tener un pensamiento no significa que sea cierto.

Ni que vaya a ocurrir.

Ni que tengamos que obedecerlo.

Hay una diferencia enorme entre decir:

"Voy a fracasar."

Y decir:

"Estoy teniendo el pensamiento de que voy a fracasar."

Puede parecer un matiz.

Pero cambia completamente la relación que tenemos con nuestra mente.

Decir estoy pensando que….te ayuda a tomar distancia y poder observar desde fuera ese pensamiento.

Darle una cita a la preocupación

Otra estrategia curiosamente eficaz consiste en reservar un momento concreto del día para pensar en aquello que nos preocupa.

Quince minutos.

Nada más.

Cuando la preocupación aparece fuera de ese horario, podemos recordarnos:

"Lo pensaré luego."                

Porque no todos los pensamientos exigen atención inmediata.

Y muchas veces el cerebro necesita aprender precisamente eso.

Volver al cuerpo

Cuando sobrepensamos, vivimos atrapados en la cabeza.

Por eso muchas veces intentar pensar mejor no funciona.

Lo que ayuda es salir de ahí.

Caminar.

Hacer ejercicio.

Respirar despacio. Inhalar en 4, exhalar en 6

Notar los pies apoyados en el suelo.

Nombrar 5 cosas que veamos, 4 que sintamos con el tacto, 3 que oigamos, 2 que podamos oler.

Volver a la experiencia directa.

Porque la vida ocurre en el presente.

Y la rumiación casi siempre ocurre en otro lugar.

Diferenciar lo que depende de nosotros de lo que no

Una pregunta útil es:

¿Hay alguna acción concreta que pueda realizar ahora?

Si la respuesta es sí, quizá sea momento de actuar.

Si la respuesta es no, quizá sea momento de aceptar.

Gran parte del sufrimiento aparece cuando intentamos resolver con pensamientos algo que solo puede resolverse con tiempo, acción o incertidumbre.

Practicar la atención plena

No para dejar la mente en blanco.

Eso no funciona.

De hecho, ni siquiera las personas que meditan desde hace años tienen la mente vacía.

La práctica es mucho más sencilla.

Estás respirando y, de repente, te descubres pensando en una conversación, en una preocupación o en algo que ocurrió hace cinco años.

Entonces te das cuenta.

Y vuelves.

Vuelves a la respiración.

Vuelves al cuerpo.

Vuelves a lo que está ocurriendo aquí y ahora.

Y unos segundos después la mente volverá a marcharse.

Y tú volverás otra vez.

Porque el objetivo no es impedir que aparezcan pensamientos.

Eso sería imposible.

El objetivo es dejar de seguirlos automáticamente allá donde quieran llevarte.

Con el tiempo, esta práctica nos ayuda a reconocer antes cuándo estamos atrapados en un bucle mental y a recuperar la capacidad de elegir dónde queremos poner nuestra atención.

Yo hoy a las tres de la mañana, con las musas susurrándome al oído, me he dado cuenta de que la pregunta quizá no sea:

¿Por qué pensamos tanto?

Porque el trabajo de la mente es generar miles de pensamientos al día.

Quizá la pregunta sea:

¿Qué pensamientos merecen mi atención y cuáles son solo pensamientos recurrentes que me roban energía sin acercarme a ninguna solución?

Porque no podemos elegir todos los pensamientos que aparecen en nuestra mente.

Pero sí podemos elegir cuáles alimentamos.

Cuáles nos impulsan en la vida y cuáles son obstáculos que nos impiden vivirla de forma plena.

Esa diferencia, lo cambia todo.