LIMERENCIA: CUANDO IGNORAMOS LAS BANDERAS ROJAS Y SOLO NOS SOSTIENE LA ESPERANZA

 

Hace poco escribía un post inspirado en Cumbres borrascosas, con spoiler incluido.

De todos los personajes de la novela, hay uno que me conmueve especialmente: Isabella Linton.

Sin entrar demasiado en detalle, Isabella es una joven inocente que se enamora de Heathcliff pese a las advertencias de Catherine, que intenta hacerle ver que él no la ama y que solo pretende utilizarla.

Pero Isabella desoye esas advertencias.

Ignora las señales.

Foto de Seoyeon Choi

Se aferra a la esperanza.

Se fuga con él, se casa y acaba destruida por un amor que jamás llega a existir como ella lo había imaginado.

Su narrativa se intuye en la novela. Si tuviera que ponerla en palabras, quizá sonaría así:

“Cada desprecio tuyo lo tomo por una prueba y cada silencio por una promesa.
Quizá no me ames hoy, pero mi amor encontrará el camino hasta tu corazón.”

Estas palabras resumen bastante bien un fenómeno psicológico conocido desde hace décadas: la limerencia.

La psicóloga Dorothy Tennov acuñó este término en los años setenta para describir un estado de enamoramiento intenso, obsesivo e idealizado, en el que la persona necesita creer desesperadamente que existe reciprocidad, aunque las pruebas sean escasas, ambiguas, contradictorias o directamente inexistentes.

La limerencia, no solo es un enamoramiento épico, es interpretar la realidad de una forma que mantenga viva la esperanza.

Y ahí está una de las claves.

Porque, cuando estamos profundamente enamorados, no siempre vemos a la otra persona como es.

A veces vemos la historia que necesitamos creer.

Una historia en la que todo tiene una explicación.

Una historia en la que cada gesto encaja.

Una historia en la que el final todavía puede cambiar.

Cuando la mente convierte cualquier gesto en una prueba

Imagina que llevas meses conociendo a alguien.

Tarda días en responder.

Cancela planes.

Nunca propone quedar.

Aparece cuando necesita atención, compañía o afecto.

Desaparece cuando tú necesitas claridad.

Pero un viernes por la noche te escribe:

“Perdona, esta semana ha sido un caos ❤️”.

Y ese corazón pesa más que todos los silencios anteriores porque confirma lo que necesitas creer.

Si la otra persona escribe un mensaje cariñoso, piensas:

“Es una señal de que siente algo.”

Si desaparece durante días:

“Está confundida.”

Si responde con frialdad:

“Tiene miedo.”

Si no contesta:

“Está pasando por un momento difícil.”

La historia siempre encuentra una explicación que mantiene viva la ilusión porque aceptar otra interpretación podría resultar demasiado doloroso.

Podría significar aceptar que esa persona no te quiere como tú esperas.

Que no está disponible.

Que te utiliza.

O que el futuro que habías imaginado nunca llegará.

Y cuando las evidencias amenazan con derrumbar tu narrativa interna, la mente intenta protegerte manteniendo viva la esperanza.  

Además, existe un mecanismo psicológico que entra en escena llamado razonamiento motivado.

No razonamos únicamente para comprender lo que ocurre.

Con mucha frecuencia razonamos para proteger aquello que necesitamos creer.

Si aceptar la realidad implica perder a la persona que amamos, nuestra mente puede retrasar esa conclusión durante mucho tiempo.

No por ser ingenuos o ingenuas.

Ni porque seamos incapaces de ver.

Sino porque el coste emocional de aceptar la pérdida puede parecer demasiado alto.

A este mecanismo se une otro muy conocido: el sesgo de confirmación.

Tendemos a prestar más atención a la información que confirma nuestras creencias y a restar importancia a aquella que las contradice.

Una mirada.

Una sonrisa.

Un corazón en un mensaje.

Una fotografía.

Cualquier pequeño gesto puede convertirse en una prueba gigantesca.

Mientras tanto, señales mucho más contundentes pasan desapercibidas.

La distancia.

Las contradicciones.

Los silencios.

La falta de compromiso.

La ausencia de hechos.

Poco a poco, dejamos de observar lo que está ocurriendo y empezamos a construir una historia sobre lo que queremos que ocurra.

En ocasiones, terminamos enamorándonos más de esa historia que de la persona que tenemos delante.

Por eso los gestos de cercanía parecen confirmar nuestras expectativas, mientras que la frialdad, las desapariciones o las contradicciones encuentran una explicación que permite conservar la esperanza.

¿Quiénes son más vulnerables a la limerencia y a ignorar las banderas rojas?

Las investigaciones muestran que suele ser más frecuente cuando confluyen varios factores: una fuerte necesidad de vinculación, experiencias previas de rechazo o abandono, baja autoestima, o estilos de apego inseguros.

También parece favorecerla la incertidumbre o el refuerzo intermitente.

Paradójicamente, un "no" claro suele resultar menos adictivo que un "quizá".

Cuando alguien aparece y desaparece.

Cuando unas veces se muestra cercano y otras distante.

Cuando dice una cosa y hace otra.

Nuestro cerebro sigue buscando una explicación que devuelva coherencia a la historia.

Y mientras exista una pequeña posibilidad de que todo cambie, la esperanza permanece viva.

Pero esa esperanza, a veces, es la cadena que nos ata y nos impide avanzar.

Hay otro perfil especialmente vulnerable: el héroe o la salvadora

Hay personas que, cuando se enamoran, no solo ven a quien tienen delante.

Ven también a la persona que creen que podría llegar a ser e imaginan heridas donde otros ven distancia.

Potencial donde otros ven incompatibilidad.

Indecisión donde otros ven manipulación.

Y confían en que, con suficiente amor, paciencia o comprensión, esa persona acabará cambiando.

Sus justificaciones suelen ser:

"Nadie le entiende."

"Yo sí veo quién es de verdad."

"En el fondo me quiere, pero tiene miedo."

"Necesita tiempo."

"Cuando sane, todo será diferente."

No significa que estas explicaciones nunca puedan ser ciertas.

El problema aparece cuando las justificaciones se convierten en la única forma de interpretar la realidad.

Cuando las banderas rojas siguen ahí, pero decidimos reinterpretarlas.

Y entonces, el desprecio deja de ser un desprecio.

Se convierte en una herida.

La falta de compromiso pasa a ser miedo.

Los silencios se transforman en una petición de tiempo.

Las contradicciones encuentran siempre una explicación.

Y así, casi sin darnos cuenta, los hechos empiezan a perder fuerza frente a la historia que nos contamos sobre ellos.

Porque aceptar la realidad significaría renunciar no solo a esa persona.

También a la narrativa que habíamos construido sobre ella.

A todas las explicaciones que habíamos creado para justificar sus silencios, su distancia o sus contradicciones.

A la esperanza de que, algún día, todo aquello cambiaría.

Al futuro que imaginábamos compartir.

Y eso duele porque nuestro cerebro no solo pierde una relación.

Pierde la historia que llevaba tanto tiempo intentando convertir en realidad.