DE IDENTIDAD DE SUPERVIVENCIA A IDENTIDAD ADULTA SANA
Desde niña he sentido fascinación
por esa gran biblioteca de conocimiento que es el ser humano.
A lo largo de mi vida me he
encontrado con personas muy diferentes, de distintos países, culturas,
educación y valores.
Libros abiertos que siempre han
aportado algo.
Y he observado que hay personas que
viven desde un lugar muy auténtico. Saben quiénes son y, dentro de lo que la
vida permite, escriben su propio destino, incluso cuando aparecen esos
imprevistos de lo intangible que nunca estuvieron en el guion.
Otras, en cambio, parecen vivir
desde lo que tuvieron que ser.
Adaptándose. Evitando. Buscando
aprobación. Anticipándose constantemente a lo que podría salir mal.
Funcionando en automático, como
detrás de una barricada.
Sobreviviendo.
Hay quienes toman decisiones desde
lo que desean y quienes las toman, demasiadas veces, desde el miedo a ser
rechazados, abandonados o dañados.
La diferencia no está en quién es
más fuerte.
Puede estar en la forma en que cada
persona aprendió a estar en el mundo.
Cuando
sobrevivir se convierte en una identidad
A esa forma de funcionar voy a
llamarla identidad de supervivencia, aunque no es un diagnóstico
psicológico.
Es una manera de describir
estrategias que alguna vez pudieron protegernos y que terminaron convirtiéndose
en formas habituales de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con
el mundo.
Puede ocurrir después de crecer en
ambientes donde faltó seguridad emocional: crítica constante, humillación,
rechazo, afecto condicionado, violencia, abandono o adultos impredecibles.
Pero no todo patrón de este tipo
procede de la infancia ni significa necesariamente que exista un trauma
psicológico.
Las personas somos más complejas que
una relación simple entre causa y efecto.
Aunque todo efecto tiene una causa.
Cuando alguien vive durante
suficiente tiempo sintiendo que debe protegerse porque hay consecuencias, aún
sin merecerlas, puede prestar especial atención a aquello que podría
representar una amenaza.
Un niño simplemente aprende:
¿Qué tengo que hacer para que no me
dañen?
¿Qué tengo que hacer para que no me rechacen?
¿Qué tengo que hacer para que no me
abandonen?
Y las respuestas pueden ser muy
diferentes:
No molestar.
Complacer.
Ser perfecto.
Pasar desapercibido.
Estar pendiente del estado emocional
de los demás.
Controlarlo todo.
Evitar.
Desconectarse de lo que siente.
En determinadas circunstancias,
estas estrategias pueden proteger.
El problema aparece cuando el
peligro desaparece, pero seguimos viviendo como si continuara presente y el
sistema de alarma no se apaga.
La hipervigilancia puede aparecer en problemas relacionados con el
trauma, aunque preocuparse, anticiparse o buscar aprobación no significa por sí
mismo ser hipervigilante.
La hipervigilancia implica un estado
excesivo de alerta ante posibles amenazas.
Puede manifestarse como:
dificultad para relajarse,
sobresaltarse fácilmente, vigilar constantemente el entorno, estar
excesivamente pendiente de cambios en los demás, irritabilidad, problemas de
concentración o sueño o la sensación persistente de que algo malo puede
ocurrir.
El problema es que puede activarse
también cuando la amenaza ya no está presente.
La terapia de esquemas habla de diferentes modos: estados emocionales
y formas de responder que pueden activarse en determinadas situaciones.
Puede aparecer nuestra parte
vulnerable, que vive una crítica como un rechazo devastador.
El crítico interno:
«No eres suficiente».
«Vas a fracasar».
«No vales».
La evitación, que nos aleja de
aquello que podría hacernos sufrir, pero también de aquello que podría hacernos
felices.
O el sometimiento: callar
necesidades, ceder continuamente o tolerar relaciones dañinas porque adaptarse
fue, alguna vez, una manera de protegerse.
Cuando estos mecanismos dirigen gran
parte de nuestra vida podemos terminar confundiendo lo que somos con lo que
aprendimos a hacer para protegernos.
Y ahí está, para mí, la cuestión
esencial:
¿Esto lo elijo yo o lo está
eligiendo mi miedo?
Qué significa
funcionar desde el Adulto Sano
La terapia de esquemas utiliza el
concepto de Adulto Sano para describir una forma de funcionamiento más
flexible y adaptativa.
Puede recibir una crítica sin
convertirla en una sentencia sobre su valor.
Decir «no» aunque a otra persona no
le guste.
Equivocarse sin concluir que es un
fracaso.
Pedir ayuda.
Reconocer sus necesidades y también
las de los demás.
Querer a otra persona sin
abandonarse a sí misma.
Tolerar cierta incertidumbre sin
intentar controlarlo todo.
Sentir miedo y conservar capacidad
de elección.
Y probablemente esta sea una de las
diferencias más importantes:
ya no necesita organizar toda su
vida alrededor de evitar aquello que teme.
Entonces, ¿cómo
se pasa de sobrevivir a vivir?
Comprender de dónde vienen nuestros patrones
puede ser enormemente útil.
Pero comprender no siempre los
cambia.
Podemos saber perfectamente por qué
buscamos aprobación y seguir necesitándola.
Entender por qué evitamos el
conflicto y seguir sintiendo una enorme ansiedad cuando tenemos que decir «no».
Reconocer intelectualmente que una
situación es segura mientras nuestro cuerpo reacciona como si no lo fuera.
Porque algunas respuestas no son
únicamente ideas que podamos desmontar con un argumento.
Por eso cambiar necesita nuevas
experiencias.
Y, algunas veces, antes necesitamos
aprender a reducir un estado de activación excesivo.
1. Reconocer
cuándo se activa la alarma
Antes de cambiar una reacción
necesitamos observarla.
¿Qué acaba de ocurrir?
¿Qué estoy sintiendo?
¿Qué temo que suceda?
¿Existe realmente ese peligro ahora?
¿O mi reacción pertenece, al menos
en parte, a algo que aprendí anteriormente?
No se trata de convencernos de que
todo está bien.
A veces el peligro es real. Una
relación puede ser dañina, alguien puede estar vulnerando nuestros límites y
una situación puede requerir que nos protejamos.
Regularnos no significa aprender a
soportar lo que no deberíamos soportar.
Significa también distinguir cuándo
necesitamos protección y cuándo nuestro sistema de protección está reaccionando
de más.
2. Ayudar al
cuerpo a bajar la alerta
Cuando la activación es elevada
puede resultar más difícil pensar con claridad.
Algunas técnicas de regulación
pueden ayudar.
Una posibilidad es ralentizar voluntariamente
la respiración, evitando una respiración rápida y superficial.
Otra consiste en dirigir la atención
hacia el presente: sentir los pies apoyados en el suelo, observar objetos de la
habitación, identificar sonidos o describir mentalmente aquello que tenemos
delante.
Es lo que suele llamarse grounding
o anclaje al presente.
No son trucos mágicos ni solucionan
aquello que originó el problema.
Su función es más modesta: ayudar a
reducir la activación para recuperar capacidad de pensar y decidir.
Y no todas las técnicas funcionan
para todas las personas. A algunas, especialmente cuando existe trauma,
concentrarse intensamente en la respiración o en determinadas sensaciones
corporales puede aumentarles el malestar.
Si una técnica te activa más, no tienes
que insistir.
3. Recuperar
agencia
Después viene algo esencial: recuperar
agencia.
Agencia significa experimentar que
podemos influir sobre nuestra conducta y tomar decisiones de acuerdo con
nuestros valores, necesidades y circunstancias.
No aparece de repente.
Se practica.
Expresar una preferencia que
normalmente ocultaríamos.
Tomar una pequeña decisión sin
consultar a cinco personas.
Decir:
«Esto no me viene bien».
Pedir lo que necesitamos.
Permitir que alguien esté decepcionado
con nosotros sin correr inmediatamente a reparar su malestar.
Y preguntarnos:
Si no tuviera que protegerme de
aquello que temo, ¿qué elegiría hacer?
No siempre podremos hacerlo.
Pero cada vez que aparece un espacio
entre el miedo y nuestra respuesta aparece también una posibilidad:
elegir.
4. Contradecir
el antiguo mapa
Nuestro antiguo mapa puede decir:
Si digo que no, me abandonarán.
Si me equivoco, dejarán de
respetarme.
Si alguien está enfadado, tengo que
arreglarlo.
Si no controlo todo, algo terrible
ocurrirá.
Cambiar implica comprobar,
gradualmente y en condiciones suficientemente seguras, si esas predicciones
continúan siendo ciertas.
Poner un pequeño límite y observar
qué sucede.
Dar nuestra opinión y tolerar el
desacuerdo.
Cometer un error y comprobar que
nuestro valor no desaparece con él.
Permitirnos una relación sana
aunque, precisamente porque es tranquila, al principio pueda resultarnos
extraña.
Hacer algunas cosas con miedo en
lugar de esperar siempre a que el miedo desaparezca.
No se trata de lanzarnos contra
aquello que tememos.
Se trata de permitirnos descubrir
algo:
que ahora tenemos recursos que antes
no teníamos.
5. No confundir
incomodidad con progreso
Cambiar patrones antiguos puede
generar ansiedad, culpa o dudas.
Lo conocido puede hacernos sufrir y,
al mismo tiempo, resultarnos familiar.
Pero sentirse mal no significa
automáticamente estar avanzando.
A veces la incomodidad forma parte
de hacer algo nuevo.
Otras veces indica que estamos
avanzando demasiado deprisa, que la situación realmente no es segura o que
necesitamos ayuda.
El objetivo no es aprender a
soportar cada vez más sufrimiento.
Es ampliar progresivamente
nuestra capacidad para elegir.
6. Saber cuándo
pedir ayuda
Hay procesos que podemos trabajar
mediante reflexión, nuevas experiencias, relaciones sanas y cambios graduales.
Otros necesitan ayuda profesional.
Si existe hipervigilancia intensa o
persistente, recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación que limita nuestra
vida, episodios de desconexión, sobresalto intenso, problemas importantes de
sueño o nuestras reacciones afectan seriamente al trabajo, las relaciones o la
vida cotidiana, conviene consultar con un profesional de la salud mental.
Y si existe un trastorno relacionado
con el trauma, respirar, meditar o hacer grounding no sustituye un
tratamiento psicológico adecuado.
Pedir ayuda tampoco elimina nuestra
agencia.
Puede ser precisamente una manera de
ejercerla.
El objetivo no
es dejar de sentir miedo
Los patrones antiguos pueden volver.
Especialmente bajo estrés.
Podemos regresar momentáneamente a
formas conocidas de protegernos.
Eso no borra lo aprendido.
La diferencia está en que esas
estrategias ya no tienen por qué dirigir nuestra vida.
Porque el objetivo no es llegar a
decir:
Ya no tengo miedo.
Sino:
Tengo miedo y, aun así, puedo
elegir.
Elegir quién quiero ser cuando ya no
tengo que vivir únicamente para sobrevivir.
