¿QUÉ ECHAS DE MENOS CUANDO TERMINAN LAS VACACIONES DE VERANO?

 

Hay un momento del año en el que las calles cambian de dirección.

En las grandes ciudades vuelven a llenarse los autobuses, reaparecen los atascos y las persianas de los negocios recuperan sus horarios habituales.

En los lugares de veraneo ocurre justo lo contrario. Las terrazas se vacían, desaparecen coches y maletas y las calles vuelven a respirar.

Una especie de marea humana que sube en unos lugares mientras baja en otros.

Y para la mayoría toca volver.

A los horarios. A los desplazamientos. A intentar encajar en veinticuatro horas trabajo, obligaciones, relaciones, tareas pendientes y algo de tiempo para nosotros.

Como si se tratase de un viejo ritual, nuestra relación con el tiempo vuelve a cambiar.

Hay quienes hablan entonces del famoso síndrome postvacacional.

Pero más allá del famoso síndrome, hay una pregunta, para mí, más interesante:

¿Qué echamos de menos cuando se terminan las vacaciones?

No solo importa tener vacaciones

La investigación lleva años investigando qué ocurre con nuestro bienestar cuando dejamos temporalmente de trabajar.

Un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 32 estudios, encontró que sus efectos positivos podrían ser mayores y durar más de lo que habían sugerido investigaciones anteriores.

Pero hay algo revelador: no solo importa cuántos días estamos de vacaciones.

Importa también qué ocurre durante esos días.

Entre las experiencias que parecen favorecer la recuperación destaca la desconexión psicológica del trabajo.

La investigación también ha estudiado la relajación, la sensación de tener mayor control sobre nuestro tiempo y la actividad física que es la que cuenta con resultados más consistentes.

Por eso, puede que una parte de lo que llamamos “necesitar vacaciones” tenga menos que ver con estar lejos y más con cómo cambia nuestra vida cuando estamos en ellas.

Ese contraste puede darnos algunas pistas sobre lo que echamos realmente de menos al volver.

Por ejemplo:

Si durante las vacaciones hemos dormido más o mejor y eso es precisamente lo que más nos cuesta perder, podemos preguntarnos cómo estamos durmiendo durante el resto del año.

Si hemos caminado mucho más, quizá nuestra vida habitual se ha vuelto excesivamente sedentaria.

Si echamos de menos las conversaciones tranquilas con nuestra pareja, quizá no necesitemos otro viaje, sino recuperar algunos espacios para estar juntos sin hacer otras tres cosas al mismo tiempo.

Si agradecíamos estar menos pendientes del móvil, quizá convenga preguntarnos qué lugar ha terminado ocupando en nuestros días.

Y si lo que echamos de menos es poder decidir con mayor libertad qué hacer con nuestro tiempo, quizá merece la pena observar cuánto margen de autonomía tenemos en nuestra vida cotidiana.

A mí también me funciona hacer una lista de ausencias, en vez de una lista de propósitos.

Me pregunto:

¿Qué hacía más?

¿Qué hacía menos?

¿Con quién pasaba mi tiempo?

¿Cómo dormía?

¿Cuánto miraba el teléfono?

¿Cuánto tiempo pasaba al aire libre?

¿Cuánto pensaba en el trabajo?

¿Con qué frecuencia tenía prisa?

¿Cuánto podía decidir sobre mi propio tiempo?

¿Qué preocupaciones habituales desaparecieron?

¿En qué momentos me sentía especialmente bien?

¿En cuáles sentía más calma?

Y, después, dos preguntas:

¿Qué es lo que más me cuesta perder ahora que he vuelto?

¿Qué es lo que echo de menos?

A lo mejor, lo que decía Cortázar, la sensación de conexión, ahogada cuando volvemos a perdernos en la rutina, porque según sus palabras, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel.