YA NO SÉ QUIÉN SOY: CÓMO RECUPERAR TU YO AUTÉNTICO
Aquí sentada, mientras respiro el
salitre de un lugar mágico de mi tierriña.
Y el imponente océano me recuerda mi
savia celta, esa que siempre me trae de vuelta al hogar.
El regreso a Ítaca.
Pienso en la época profundamente
paradójica en la que vivimos.
Una donde la multiculturalidad ha
difuminado fronteras.
Una de escaparates y ventanas abiertas a vidas ajenas.
Una donde nunca habíamos mostrado
tanto de nosotros mismos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan frecuente
vivir alejados de una experiencia íntima y honesta con quiénes somos.
Porque algo parece estar ocurriéndonos.
Cada vez más personas viven hacia
fuera.
Construyendo una identidad pensada
para ser percibida, validada y observada constantemente.
Y quizá esa sea una de las grandes
tragedias de nuestro tiempo: sentirse reales cuando existe alguien observándolas.
Como si la propia existencia
necesitase audiencia para sostenerse.
La vida
convertida en representación
Y sí, hay algo de representación en
toda vida social.
Todos mostramos versiones distintas
de nosotros mismos dependiendo del contexto.
No somos exactamente iguales con un
amigo, con nuestra familia, en el trabajo o en pareja.
Eso es humano.
El problema comienza cuando el
personaje termina ocupando tanto espacio que la persona desaparece detrás de
él.
Cuando alguien ya no sabe quién es
fuera de la mirada ajena.
El sociólogo Erving Goffman
describía la vida social como una especie de escenario donde las personas
gestionan constantemente la impresión que producen en los demás.
Y probablemente siempre ha sido así.
Pero hay algo distinto en nuestra
época.
Antes existían momentos de
representación y momentos de intimidad.
Ahora el escenario parece no
cerrarse nunca.
Las redes sociales han convertido la
identidad en una exposición continua.
Nos editamos.
Nos proyectamos.
Nos convertimos en imagen.
Y poco a poco, casi sin darnos
cuenta, muchas personas empiezan a construir versiones de sí mismas más
orientadas hacia la percepción externa que hacia la experiencia interior.
Una vida hacia afuera.
El falso self y
el miedo a no ser suficiente
A veces el personaje nace de la
ambición.
Otras veces de la inseguridad.
Y muchas veces del miedo.
Porque el personaje no siempre surge
de la vanidad.
A veces surge del terror a no ser
suficiente.
A no ser amado.
A no ser elegido.
A no ser visible.
Donald Winnicott, uno de los grandes
psicoanalistas del siglo XX, hablaba del “falso self”.
Una estructura psicológica que
muchas personas desarrollaron en la infancia cuando sintieron —de forma
consciente o inconsciente— que solo serían aceptadas si se adaptaban
emocionalmente a lo que otros esperaban de ellas.
Entonces aprendieron algo peligroso:
Que ser uno mismo, una misma, puede
poner en riesgo el vínculo, y por tanto, su propia supervivencia.
Y poco a poco comenzaron a
interpretar.
A agradar.
A leer expectativas.
A convertirse en aquello que garantizaba aprobación, atención o validación.
Y llegaron a la adultez funcionando
así sin saberlo.
Construyendo identidades enteras
alrededor de lo que resulta admirable, atractivo, deseable o interesante para
los demás.
El problema es que la cultura
digital actual amplifica precisamente eso.
Las personas con una autoestima frágil, con miedo al rechazo o incluso con rasgos narcisistas encuentran en el
mundo digital un escenario perfecto para sostener el personaje.
Porque el entorno recompensa
constantemente la imagen, la exposición y la validación externa.
Y cuanto más desconectada está una
persona de sí misma, más puede terminar dependiendo de la mirada ajena para
sostener su identidad.
Pero vivir demasiado tiempo desde
el personaje tiene un precio psicológico enorme.
Agota.
La performance constante requiere
vigilancia permanente.
Hay que sostener la imagen.
Mantener el atractivo.
No perder relevancia.
Seguir siendo visible.
Seguir siendo interesante.
Christopher Lasch hablaba ya hace
décadas de una “cultura del narcisismo”.
Un narcisismo que depende de forma constante
de la confirmación de los demás.
Incapaz de sentirse valioso sin
estímulo, atención o reconocimiento.
Porque la validación externa calma
momentáneamente el vacío.
Pero no lo resuelve.
Y el problema de construir la
identidad alrededor de esa mirada ajena es que nunca termina
de llenar el vacío existencial.
El yo performativo -el personaje-
siempre necesita más.
Más atención.
Más estímulo.
Más reconocimiento.
Y cuando alguien vive sostenido
desde fuera, suele aparecer algo muy característico de nuestra época:
La incapacidad de soportar el silencio.
Entonces aparece la necesidad
constante de ruido.
Pantallas.
Contenido.
Mensajes.
Movimiento.
Estimulación continua.
Como si detenerse demasiado tiempo
pudiera confrontarnos con algo incómodo:
La desconexión de nosotros mismos.
Y así la rueda se retroalimenta una
y otra vez.
Pero, ¿cómo volver al yo auténtico?
La buena noticia es que perder
contacto con tu yo auténtico no significa haberse perdido para siempre.
La identidad no desaparece.
A menudo queda enterrada bajo capas
de adaptación, expectativas y ruido.
Escondida tras el yo performativo.
Tras el personaje.
Por eso el primer paso suele
consistir en recuperar las preguntas adecuadas.
Como ya entendió Sócrates, el gran
maestro de la antigüedad, preguntar bien es sembrar las semillas del
conocimiento.
Hace un tiempo escribí un post
titulado Comprender tu auténtica naturaleza: 25 preguntas para despertar y
vivir en coherencia.
Y sigo pensando que el
autoconocimiento empieza exactamente ahí.
Cuando sabemos hacernos las
preguntas adecuadas.
Cuando recordamos quiénes somos
cuando desaparecen los personajes.
Puedes empezar por cuestiones
sencillas:
¿Qué te hace sentir más vivo o más
viva?
¿Cuándo te has sentido más TÚ?
¿Qué actividades te hacen perder la
noción del tiempo?
¿Qué partes de tu vida has elegido
libremente?
¿Y cuáles simplemente has heredado?
Porque pocas cosas resultan tan
importantes como saber quién eres.
Con esto no quiero decir que ser una
persona auténtica signifique ser una persona perfecta.
Porque la autenticidad no consiste
en ser perfecto.
Ni en decir siempre lo que pensamos.
Ni en vivir al margen de los demás.
Consiste en algo mucho más sencillo:
Que la persona que eres cuando nadie
mira se parezca a la persona que muestras cuando los demás sí lo hacen.
Y quizá la madurez emocional tenga
algo que ver con eso.
Con dejar de dedicar tanta energía a
construir una identidad para el mundo.
Y devolverla a la persona que más
debes cuidar para poder aportar en positivo a los demás:
Tú.
