¿SOMOS FÁCILES DE MANIPULAR? PSICOLOGÍA DE LA POLARIZACIÓN Y LA INFLUENCIA SOCIAL

 

Soy española. Me gusta serlo. O me gustaba.

Me gustaba todo lo que significaba mi país. Una tierra hecha de encuentros. Mezclas y contrastes.

De pueblos y culturas diferentes que fueron dejando su huella hasta formar algo común, y, al mismo tiempo, tan diverso.

Foto de El País

Una sociedad que aprendió a hacer de sus diferencias parte de su identidad, a pesar de las dificultades.

Porque todo hay que decirlo: somos una tierra que aprendió a resistir.

A reconstruirse.

A seguir adelante.

España tiene algo difícil de explicar.

Las ganas de vivir.

El salero.

La conversación que se alarga alrededor de una mesa.

El griterío.

Los paisajes que cambian casi sin avisar.

El frío extremo. El calor extremo también.

La meseta, las montañas indecentes, el cálido mediterráneo, el irreverente Atlántico.

La variedad lingüística que nos separa y enriquece al mismo tiempo.

La historia de gente que emigró, volvió, emprendió, luchó, perdió, empezó de nuevo.

Y esa capacidad tan nuestra de encontrar humor incluso cuando las cosas vienen mal dadas.

Pero tengo la sensación, hoy dos de septiembre, de que ya no hay humor. Hay cabreo. Mucho.

Somos una sociedad dividida y enfrentada.

Porque donde antes había diferencias, ahora parece haber bandos.

O estás aquí.

O estás allí.

O eres de los míos.

O debes de ser de los otros.

Ya no hay espacios intermedios, ni matices de color. Solo blanco o negro.

Sé, porque lo he padecido, que nos hemos llenado, como en la película de culto Matrix, de pequeños agentes Smith: programas creados para proteger el sistema y neutralizar cualquier amenaza que pudiera alterarlo.

Smith era uno de ellos. El más memorable.

Y la comparación me resulta inevitable.

Porque ahora, cada vez que alguien intenta salirse del guion, dudar, introducir un matiz o negarse a elegir entre dos opciones cerradas, aparece un agente Smith dispuesto a devolverlo rápidamente a una de las casillas.

Progre.

Facha.

Rojo.

Fascista.

Woke.

Negacionista.

Machista.

Feminazi.

Conmigo.

Contra mí.

Por eso me pregunto:

¿Cómo se polariza una sociedad, por qué ocurre y hasta qué punto puede provocarse deliberadamente?

La psicología social lleva décadas demostrando que no pensamos solamente como individuos.

También pensamos como miembros de grupos.

Somos españoles, gallegos, catalanes, madrileños, conservadores, progresistas, creyentes, ateos, madridistas o culés.

Y no hay nada patológico en ello.

La identidad social forma parte de cómo nos orientamos en el mundo.

El problema empieza cuando una de esas identidades adquiere demasiado peso y necesitamos al otro grupo para definir quiénes somos nosotros.

Nosotros somos los sensatos.

Ellos, los radicales.

Nosotros estamos informados.

Ellos están manipulados.

Nosotros tenemos razones.

Ellos propaganda.

Ahí ya no estamos discutiendo únicamente ideas.

Estamos protegiendo una identidad.

Entonces la realidad empieza a deformarse y aparece el llamado sesgo partidista del juicio: tendemos a buscar, creer y recordar con mayor facilidad información favorable a nuestras afinidades políticas.

Esto no significa que inventemos conscientemente la realidad.

Significa que no siempre la observamos desde un lugar neutral.

Y existe una distorsión adicional.

Tendemos a imaginar a las personas del otro bando más extremas, más uniformes y más alejadas de nosotros de lo que realmente son.

La literatura lo denomina false polarization: polarización percibida o exagerada.

No solo discrepamos.

Creemos que discrepamos más de lo que realmente discrepamos.

Y eso importa muchísimo.

Porque si imagino que enfrente tengo personas razonables con las que no estoy de acuerdo, puedo discutir.

Si imagino que enfrente tengo fanáticos peligrosos, la conversación cambia y aparece la amenaza.

El otro ya no es alguien equivocado. Es alguien peligroso.

Y aquí el lenguaje importa mucho.

Por ejemplo:

Defender tu cultura porque la amas, defender fronteras, vías legales de entrada, controlar quién accede a un país o querer combatir las mafias y la explotación de seres humanos no convierte automáticamente a alguien en racista o xenófobo.

De la misma forma, defender políticas migratorias más abiertas tampoco convierte automáticamente a alguien en irresponsable o enemigo de su país.

Una democracia empieza precisamente ahí:

en poder discutir qué política es mejor sin convertir inmediatamente al otro en qué clase de persona debe de ser.

Lamentablemente, hoy en mi querida España, muchos han sustituido los argumentos por identidades morales.

El adversario ha dejado de estar equivocado para pasar a ser una mala persona.

Y así llegamos a odiar al otro bando.

Se llama polarización afectiva: la identidad política se transforma en identidad social y la animadversión hacia el otro grupo termina extendiéndose mucho más allá del desacuerdo sobre políticas concretas.

Y cuanto peor creo que eres tú, más justificadas me parecen mis propias posiciones.

Tú te endureces.

Yo me endurezco.

Cada uno observa el endurecimiento del otro como prueba de que tenía razón.

Y el bucle se alimenta solo, azuzado por una clase política que aviva las condiciones que favorecen la polarización:

Repetir constantemente que existen dos bandos irreconciliables.

Seleccionar los ejemplos más extremos del contrario.

Convertir cualquier discrepancia en una prueba de inmoralidad.

Presentar al otro grupo como una amenaza.

Premiar la indignación.

Eliminar los matices.

Y conseguir finalmente algo muy poderoso para manipular y fidelizar votos:

hacer que una opinión pase a formar parte de nuestra identidad.

Porque si mi identidad se siente amenazada, mi propia existencia también.

Y ahí comienza el verdadero problema.

No que pensemos diferente.

Una democracia necesita desacuerdo.

Necesita izquierda.

Derecha.

Centro.

Pero hoy no ocurre eso, hoy en mi país, quienes gobiernan, han olvidado que la libertad de expresión es el baluarte de una democracia saludable: voy a respetar los que opinas, aunque no lo comparta. 

Por eso, deseo una vuelta al sentido común.

A la responsabilidad.

A entender que proteger un país también significa proteger la vida, hacer cumplir las leyes y evitar que la desesperación de unos se convierta en el negocio de otros.

Quiero una España capaz de poner orden sin perder humanidad.

Que proteja sus fronteras y también a las personas.

Que persiga a quienes trafican, explotan y se enriquecen con la necesidad ajena, y actúe contundentemente contra quienes vienen a dañar o destruir. 

Que pueda hablar de inmigración sin miedo, sin etiquetas y sin convertir cada pregunta en una batalla ideológica.

Un país que haga las cosas bien.

Con firmeza cuando sea necesaria.

Con respeto a la dignidad personal siempre. 

Y, sobre todo, un país capaz de empezar de nuevo.

Recordando la riqueza cultural que nos une, herencia de nuestros ancestros.

Una tierra hermosa hecha de contrastes. 

-Ceuta en mi corazón-