¿EXISTE LA MALA SUERTE? Y ¿CÓMO PODEMOS AFRONTARLA?

 

A lo largo de mi vida he observado un hecho empírico: hay personas que tienen más suerte que otras.

Y las suertudas no necesariamente se esfuerzan más.

A veces es justo lo contrario.

Parece que se deslizan por la vida sujetadas por algo intangible que mantiene todo en orden.

Conocen a la persona adecuada en el momento adecuado.

Aparece una oportunidad cuando la necesitan.

Toman una decisión aparentemente insignificante y resulta ser la correcta.

Y después están las otras.

Las que por mucho que se esfuercen se pasan la vida saltando vallas.

Foto de Kalhh

Y ni con esas.

Así que me he puesto a reflexionar sobre si existe realmente la mala suerte.

Y la respuesta es que sí.

Aunque probablemente no de la manera en la que solemos imaginarla.

No existe evidencia de que haya personas «gafadas», ni de que alguna fuerza incorpórea haya decidido premiar a unas y castigar a otras.

Pero sí existe el azar.

Y existen acontecimientos importantes en nuestra vida cuya aparición depende poco o nada de lo que hagamos.

En investigación se distingue entre los llamados independent life events y dependent life events.

Los primeros son acontecimientos que dependen poco de nuestra conducta.

Una catástrofe natural.

Determinadas enfermedades.

Determinados accidentes.

El lugar y las circunstancias en las que nacemos.

Algunas pérdidas.

Estar en el lugar equivocado en el peor momento.

Los segundos son aquellos en los que nuestras decisiones, circunstancias o comportamientos pueden haber contribuido, al menos parcialmente, a que ocurran.

Y esta distinción me parece importante porque vivimos en una sociedad empeñada en hacernos creer que podemos controlarlo prácticamente todo.

Si te esfuerzas, lo conseguirás.

Si trabajas duro, tendrás éxito.

Si piensas en positivo, te ocurrirán cosas positivas.

Si haces las cosas bien, todo irá bien.

Y algo bastante más surrealista:

Si vibras en la frecuencia correcta, podrás atraer todo lo que desees.

Pero la vida no funciona así.

No somos Dios. 

Podemos esforzarnos muchísimo y fracasar.

Cuidarnos y enfermar.

Confiar en alguien y que nos traicione.

Hacer las cosas bien y que las cosas salgan mal.

Si creemos que todo lo bueno que nos ocurre es consecuencia de haber hecho las cosas correctamente, tendremos que aceptar también la otra cara de esa idea:

que cuando algo terrible nos ocurre,  de alguna manera lo hemos provocado.

Y la mayoría de las veces no es así.

A veces es mala suerte.

Hay épocas en las que además parece cumplirse aquello de que las desgracias nunca vienen solas.

Y puede existir una explicación para que lo sintamos así.

Desde hace décadas se estudia un fenómeno denominado stress proliferation, o proliferación del estrés, que describe cómo un problema puede generar otros problemas y extender sus consecuencias a diferentes áreas de nuestra vida.

Imaginemos que alguien pierde su trabajo.

Pierde ingresos.

Empieza a gastar sus ahorros.

Tiene dificultades para pagar determinadas necesidades.

Aumenta su preocupación.

Quizá empieza a depender económicamente de otras personas.

Duerme peor.

Tiene menos energía.

Y mientras intenta solucionar todo eso aparece otro problema.

Uno que quizá habría podido afrontar mucho mejor seis meses antes.

Pero ahora tiene menos dinero.

Menos energía.

Menos tranquilidad.

Y menos margen de maniobra.

Y así pueden formarse auténticas cadenas de adversidad.

No porque alguien esté gafado.

Sino porque los problemas también tienen consecuencias.

Y algunas consecuencias generan nuevos problemas.

El peligro aparece cuando después de mucho tiempo viviendo así empezamos a interiorizar que nada va a cambiar.

Se llama indefensión aprendida.

Entiendo perfectamente que alguien que lleva años saltando obstáculos llegue a pensar de esa manera.

Después de suficientes golpes, esperar el siguiente es una forma de protección.

Esto puede ocurrir desde muy pronto.

Quizá en nuestra infancia nos enseñaron a no confiar en nosotros. 

Nos repitieron demasiadas veces:

No vas a poder.

No eres suficientemente buena.

Vas a fracasar.

Estas cosas nunca te salen bien.

Y desde ahí empezar a actuar de acuerdo con esas creencias y  expectativas saboteando a nivel inconsciente nuestra vida por inseguridad o por pensar no va a servir de nada. 

Entonces, no presentamos ese currículum.

No hablamos con esa persona.

No pedimos ayuda.

No probamos algo diferente.

Abandonamos antes.

O atraemos lo familiar. 

Y la vida vuelve a confirmarnos:

¿Ves? Nunca tengo suerte.

Pero, ¿Podemos cambiar nuestra suerte?

Sé que no podemos modificar el azar o que ocurra exactamente eso que necesitamos.

Pero sí podemos hacer algo que aumente las posibilidades de que determinadas cosas sucedan:

exponernos a más oportunidades.

Probar cosas diferentes.

Intentarlo otra vez.

Nada de esto garantiza un buen resultado.

Y me parece importante decirlo.

Porque si convirtiéramos estas conductas en otra fórmula infalible para conseguir lo que queremos, estaríamos cayendo exactamente en aquello que criticábamos al principio.

Conocer a cien personas no garantiza que encontremos el amor.

Enviar cincuenta currículums no garantiza que consigamos el trabajo que deseamos.

Empezar un proyecto no garantiza que vaya a funcionar.

Pero cada una de esas acciones puede crear posibilidades que antes sencillamente no existían.

Y es una diferencia fundamental:

una cosa es controlar el resultado y otra influir en las probabilidades.

Entre ambas existe un espacio enorme.

Y en ese espacio sí podemos hacer cosas. 

Depende de tu actitud y proactividad.

Y la buena noticia es que la suerte puede cambiar

Por eso es importante separar lo que depende de nosotros de lo que no.

Preguntarnos:

¿Podía realmente haber evitado esto?

¿Hubo algo que sí dependía de mí?

¿Qué depende de mí ahora?

Responsabilizarnos de aquello que no podíamos controlar es injusto.

Pero pensar que no podemos hacer nada cuando sí podemos hacerlo también nos perjudica.

Lo segundo es no convertir una sucesión de acontecimientos en una identidad.

He tenido muy mala suerte durante estos años describe una experiencia que le puede ocurrir a cualquiera. 

Soy una persona con mala suerte, te describe a ti.

Por eso es necesario que puedas reconocer:

Esto no lo elegí.

Esto no pude evitarlo.

Esto me hizo daño.

Y después preguntarte:

¿Qué puedo hacer ahora con lo que me ha tocado vivir sin haberlo elegido?

Quizá, aquello que nunca habrías elegido puede obligarte a tomar decisiones que antes ni contemplabas. 

Otro camino...

Recordando mientras tanto el agradecimiento por lo que sí ya tienes. 

Porque incluso en medio de la tormenta hay algo hermoso que está ahí sosteniéndote.