¿EN QUÉ MOMENTO DEJAMOS DE JUGAR? EL JUEGO COMO HERRAMIENTA DE APRENDIZAJE
La semana pasada, mientras escribía
el artículo sobre las diferentes partes de nuestro yo que habíamos olvidado con el tiempo, terminé haciendo
el mismo ejercicio que proponía a los lectores.
Empecé a recorrer mentalmente todas
esas facetas que han ido construyendo mi identidad a lo largo de los años.
La madre.
La hija.
La amiga.
La mujer.
La profesional.
La compañera de trabajo.
La persona creyente.
La que disfruta aprendiendo.
La que encuentra paz caminando por
el monte o contemplando el mar.
¿Hace cuánto tiempo que no juego?
No hablo de un juego de mesa.
Ni de una partida de cartas.
Hablo de jugar en el sentido más
profundo de la palabra.
De hacer algo simplemente por el
placer de hacerlo.
Sin buscar un resultado.
Sin pensar si era útil.
Sin medir la productividad.
En algún rincón de mí, aquella niña
curiosa seguía esperando.
Esperando a que alguien volviera a
invitarla a salir.
Entonces recordé una escena de hace
unos días en la playa.
Un padre construía castillos de
arena con sus hijos.
Reían.
Corrían.
Se perseguían.
Por un momento era imposible
distinguir quién disfrutaba más.
Los niños.
O él.
Durante unos minutos dejó de ser
únicamente padre.
O trabajador.
O adulto.
Volvió a ser simplemente una persona
jugando.
Y pensé que quizá ahí había una de
las claves del bienestar.
Porque jugar no solo entretiene.
También construye cerebro,
relaciones e identidad.
El juego:
nuestra primera forma de aprender
Los educadores y educadoras sabemos
desde hace tiempo que el juego no es un premio después del aprendizaje.
Es el aprendizaje.
La psicología del desarrollo lleva
décadas demostrándolo.
De 0 a 3 años
El juego es fundamentalmente
sensorial y motor.
Los bebés tocan.
Muerden.
Gatean.
Lanzan objetos.
Exploran todo cuanto tienen a su
alrededor.
Cada una de esas acciones ayuda al
cerebro a construir conexiones relacionadas con el movimiento, el lenguaje, la
percepción y el vínculo con quienes los cuidan.
De 3 a 7 años
Aparece el juego simbólico.
Una caja puede convertirse en un
barco.
Una cuchara en un micrófono.
Un palo en una espada.
Mientras imaginan, desarrollan el
lenguaje, la creatividad, la empatía y la capacidad de comprender diferentes
puntos de vista.
De 7 a 12 años
Empiezan a cobrar protagonismo los
juegos con reglas.
Aprenden a cooperar.
A negociar.
A esperar turnos.
A resolver conflictos.
A tolerar la frustración.
Sin darse cuenta, entrenan muchas de
las habilidades que necesitarán durante la vida adulta.
De los 12 a los
18 años
Aunque el juego cambia de forma,
sigue siendo igual de importante.
El deporte.
La música.
El teatro.
Los videojuegos.
Las actividades creativas.
Todas ellas ayudan a construir la
identidad, fortalecer las relaciones sociales y experimentar quiénes somos.
En definitiva, durante toda la
infancia y la adolescencia el juego no es una pérdida de tiempo.
Es una de las formas más eficaces
que tiene el cerebro para aprender.
¿Y cuándo
dejamos de jugar?
En algún momento, la mayoría
empezamos a asociar jugar con perder el tiempo.
Con inmadurez.
Con hacer algo poco productivo.
Poco a poco llenamos nuestra agenda
de responsabilidades.
Trabajar.
Producir.
Cuidar.
Organizar.
Y casi sin darnos cuenta dejamos de
hacer cosas únicamente porque nos hacen felices.
Como si todo tuviera que ser útil.
Como si disfrutar necesitara una
justificación.
El historiador Johan Huizinga llamó
al ser humano Homo ludens, el ser humano que juega.
En una de las obras más influyentes
del siglo XX defendió una idea revolucionaria: el juego no es un simple
entretenimiento infantil.
Es una característica esencial de
nuestra especie.
Antes incluso de ser grandes
trabajadores o grandes pensadores, fuimos seres humanos que exploraban el mundo
jugando.
Jugando aprendemos.
Creamos cultura.
Exploramos.
Nos relacionamos.
Y seguimos creciendo.
Décadas después, el psiquiatra
Stuart Brown llegó a conclusiones parecidas tras estudiar durante años el
comportamiento humano.
Diversas investigaciones muestran
que los adultos que mantienen una actitud lúdica suelen presentar mayor
creatividad, más flexibilidad mental, mejores estrategias para resolver problemas y una mayor capacidad para adaptarse a las dificultades de la vida.
La neurociencia también defiende
esta idea.
Cuando jugamos, el foco suele
desplazarse del resultado al propio proceso.
Nos permitimos experimentar.
Equivocarnos.
Probar caminos diferentes.
Y precisamente ese contexto favorece
el aprendizaje, la creatividad y el bienestar emocional.
Jugar también
es cosa de adultos
Quizá el problema sea que seguimos
imaginando el juego como una pelota o un puzle.
Pero un adulto también juega.
Juega quien aprende un idioma por
curiosidad.
Quien improvisa una receta.
Quien baila en la cocina.
Quien pinta sin preocuparse por
hacerlo bien.
Quien fotografía un atardecer.
Quien escribe por placer.
Quien sale a caminar sin un destino
concreto.
Quien aprende a tocar un instrumento
con cincuenta años.
Quien se sienta a jugar con sus
hijos y durante un rato vuelve a olvidarse del reloj.
La investigación también muestra que
no todos los juegos estimulan las mismas capacidades.
En la edad adulta, aquellos que
combinan desafío intelectual, creatividad o interacción social parecen aportar
mayores beneficios.
Por ejemplo:
Aprender un idioma mediante juegos o
conversaciones informales ejercita la memoria, la atención y la flexibilidad
cognitiva.
Improvisar en la cocina e inventar
recetas nuevas favorece la creatividad y la resolución de problemas.
Bailar, especialmente aprendiendo
nuevas coreografías o bailes en pareja, combina ejercicio físico, memoria,
coordinación y relación social.
El teatro, la improvisación o los
juegos de rol ayudan a entrenar la empatía, la comunicación y la capacidad de
adaptarnos a situaciones inesperadas.
Y también existen juegos de mesa
modernos que van mucho más allá del entretenimiento.
En Catan planificamos
estrategias, negociamos y tomamos decisiones.
En Ticket to Ride (¡Aventureros
al Tren!) entrenamos la planificación y la visión espacial.
En Pandemic, un juego
cooperativo, aprendemos a coordinar esfuerzos, anticipar problemas y trabajar
en equipo.
En Azul, Carcassonne o
Cascadia ponemos en marcha la atención, la planificación y la
flexibilidad cognitiva.
No es que estos juegos "hagan
más inteligente" a quien los practica.
Pero sí ofrecen un entrenamiento
muy completo de funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la toma de decisiones,
la planificación, la regulación emocional y la cooperación.
Y, además, añaden un ingrediente que
muchas veces olvidamos en la vida adulta: el placer de compartir tiempo con
otros sin otro objetivo que disfrutar.
En el fondo, jugar significa
explorar.
Explorar el mundo.
Y también explorarnos a nosotros
mismos.
Y explorar siempre ha sido una de
las mejores formas de aprender.
Recuperar al Homo
ludens
No se trata de volver a la infancia.
Se trata de no perder aquello tan
bonito de nuestra infancia:
La curiosidad.
La capacidad de asombro.
Las ganas de experimentar.
La libertad para equivocarnos sin
convertir cada error en un examen.
El deseo de seguir explorando el
mundo.
Te propongo un ejercicio.
Piensa en aquello que disfrutabas
haciendo cuando eras pequeño o pequeña.
No para volver exactamente a ello.
Sino para descubrir qué había
detrás.
¿Era la creatividad?
¿La aventura?
¿Construir cosas?
¿Inventar historias?
¿Moverte?
¿Compartir tiempo con otros?
Y ahora pregúntate:
¿Cuándo fue la última vez que
sentiste esa misma sensación?
Puede que hayas dejado aquella
actividad.
Pero quizá la necesidad que había
detrás siga viva en ti.
Ahora te propongo una segunda
reflexión.
¿Hace cuánto tiempo que no haces
algo únicamente por el placer de hacerlo?
Una parte de nosotros no quiere
producir.
Ni competir.
Ni demostrar nada.
Solo disfrutar.
Y sí, sé que madurar significa
asumir responsabilidades.
Pero dentro de esas
responsabilidades debería estar también la de proteger aquello que nos mantiene
vivos y vivas por dentro.
Seguir sintiendo curiosidad.
Seguir explorando.
Seguir aprendiendo.
Seguir jugando.
Y quizá, cuando lleguemos al
atardecer de nuestra vida, el juego vuelva a recordarnos quiénes somos y
quiénes fuimos.
Porque no dejamos de jugar porque
nos hagamos mayores.
Pero sí podemos hacernos un poco más
mayores cuando dejamos de jugar.
Por último, te dejo el enlace (haz clic aquí) a un programa de radio que grabé hace algunos años junto a la
especialista en Gestión del Talento Ainhoa Mallo, donde hablamos del juego como
herramienta de aprendizaje.
Han pasado los años, pero sigo
pensando exactamente lo mismo.
Nunca dejaremos de aprender...
mientras nunca dejemos del todo de
jugar.
