EL PENSAMIENTO MÁGICO: CUANDO NUESTRA MENTE SUEÑA CON QUE TODO SEA POSIBLE
Recuerdo cuando estudiaba la
asignatura de Psicología del Desarrollo y descubrí que teníamos algo tan bonito
llamado pensamiento mágico.
Me pareció fascinante porque la
magia ha sido muchas veces un refugio para mí.
No la magia en el sentido literal de la palabra.
Hablo de la magia escondida en las
historias relatadas por otros, la magia de algunos encuentros, la magia de un
nuevo renacer, la magia de lo inesperado, la magia de determinadas miradas, de
esos momentos en los que parece que la vida nos sorprende justo cuando habíamos
dejado de esperar algo de ella…
Y también de otra forma de magia.
La de una forma de pensar en la que
nuestra mente une deseos con realidades por la fuerza del corazón mucho más que
por la razón.
Ese impulso que a veces nos trae
esperanza, pero que también puede hacernos caer en ilusiones.
Pero, ¿qué es
realmente el pensamiento mágico?
El pensamiento mágico es creer
que nuestros pensamientos, sentimientos, deseos o determinados actos pueden
influir directamente en lo que está pasando sin que exista una relación lógica
o causal entre ambas cosas.
Este tipo de pensamiento aparece
desde la infancia.
Durante esos años tiene una
presencia especialmente importante porque los niños mezclan con mucha más
facilidad fantasía, deseo, símbolos y realidad.
Pero no desaparece completamente
cuando nos hacemos adultos.
Y eso nos puede llevar a pensar
cosas del tipo:
Si pienso mucho en esa persona,
quizá me escriba.
Si hago siempre este ritual antes de
un examen, me irá bien.
Si deseo algo con suficiente fuerza,
terminará ocurriendo.
Mejor no digo que todo está saliendo
bien, no vaya a gafarlo.
Yo, por ejemplo, durante una época
pensaba que hacer los exámenes llevando una medalla que me había regalado mi
abuela me daba suerte.
No era suerte.
Era la sensación de sentirme
acompañada.
Y eso me daba más seguridad.
Una seguridad que podía repercutir
en mi forma de afrontar el examen y en mi concentración.
Y ahí encontramos uno de los beneficios
del pensamiento mágico:
algo puede no modificar la realidad,
pero sí modificar cómo nos sentimos frente a ella.
Pero también
puede cumplir otras funciones
1. Nos da consuelo.
Cuando falta una explicación, las
historias, los símbolos y determinados rituales pueden ayudarnos a sostenernos.
Llevar la medalla de alguien a quien
queremos.
Guardar una carta.
Ponernos determinada pulsera antes
de algo importante.
Encender una vela.
Pedir un deseo.
Puede que ninguno de esos actos
cambie lo que va a ocurrir.
Pero puede cambiar cómo atravesamos
ese momento.
2. Nos conecta con lo simbólico.
Rituales, cuentos, metáforas,
recuerdos…
Todo puede hablar de lo que sentimos
por dentro.
A veces un objeto no vale por lo que
es, sino por todo lo que representa.
Mi medalla no era solo una medalla.
Era una conexión con mi abuela
fallecida.
3. Nos ayuda a tolerar la
incertidumbre.
Hay situaciones en las que
sencillamente no podemos saber qué va a suceder.
Una entrevista.
Un resultado médico.
Un examen.
Una decisión importante.
Y sentir que hacemos «algo» puede darnos
una pequeña sensación de control.
4. Nutre la esperanza.
A veces necesitamos creer antes de
ver.
Imaginar una posibilidad.
Pensar que podremos salir de una
situación.
Visualizar una vida diferente.
La esperanza puede ayudarnos a
avanzar.
Siempre que no confundamos esperanza
con certeza.
Porque:
Creo que puedo conseguirlo
no significa:
Voy a conseguirlo porque lo deseo.
El pensamiento mágico puede ser un puente
emocional.
El problema aparece cuando confundimos
el deseo con la realidad.
Cuando queremos controlar algo que
en realidad no podemos controlar.
Cuando el miedo, la ilusión o la
esperanza llenan los huecos que deja la lógica.
Porque aceptar que no sabemos qué va
a ocurrir no siempre resulta fácil.
A veces nuestra mente prefiere
construir una explicación.
Una señal.
Una coincidencia.
Un esto tenía que pasar.
Un por algo será.
Y de alguna manera eso nos
tranquiliza.
Cuando aparece
en el amor
Uno de los lugares donde podemos
observar fácilmente el pensamiento mágico es cuando estamos enamorados.
Nos gusta alguien.
Mucho.
Y empezamos a pensar:
Si yo siento algo tan fuerte, tiene
que haber algo también por su parte.
Hoy me ha mirado diferente.
Ha visto mi historia nada más
publicarla.
Nos hemos encontrado tres veces esta
semana. No puede ser casualidad.
Esta canción que ha compartido tiene
que tener algún significado.
Y a veces damos un paso más:
Si lo deseo suficientemente,
terminará ocurriendo.
Aquí pueden mezclarse muchas cosas:
idealización, deseo, interpretación selectiva de la realidad y también eso de
lo que ya hablé en otro post: la limerencia.
Porque sentir algo con muchísima
intensidad no significa necesariamente que exista la misma emoción al otro
lado.
Podemos sentir una conexión
extraordinaria.
Pero la intensidad de nuestra
emoción no es una prueba sobre los sentimientos de otra persona.
Y ahí el pensamiento mágico puede
convertirse en una forma de mantener viva una esperanza que los hechos no están
confirmando.
Cuando aparece
para protegernos del dolor
También puede surgir cuando
necesitamos construir una explicación que nos proteja de algo doloroso.
Imaginemos que algo no ha salido
bien.
Una relación.
Un proyecto.
Un trabajo.
Una etapa importante de nuestra
vida.
Aceptar simplemente:
Esto ha salido mal
puede doler muchísimo.
Y entonces nuestra mente puede
construir otra historia:
Todo esto está ocurriendo porque
estoy destinada a algo mucho más grande.
La gente no me comprende porque soy
diferente.
Tengo algo especial que los demás
todavía no pueden ver.
Puede ser reconfortante.
Y durante un tiempo incluso puede
ayudarnos a seguir adelante.
El problema aparece cuando esa
historia nos impide mirar los hechos.
Porque aquí podemos entrar en otro
territorio del que ya he hablado: el autoengaño.
A veces construimos un personaje o
una narrativa sobre nosotros mismos porque resulta menos dolorosa que aceptar
determinadas realidades.
Y una historia puede protegernos.
Pero también puede atraparnos.
Entonces, ¿cómo
convivir con el pensamiento mágico de forma saludable?
El pensamiento mágico no es algo que
tengamos que eliminar.
Es algo que podemos reconocer,
comprender y aprender a observar con consciencia.
Podemos pedir un deseo cuando
soplamos las velas.
Podemos llevar nuestro amuleto.
Podemos pensar que determinados
encuentros tuvieron algo de mágico.
Podemos emocionarnos con las
coincidencias.
Podemos mirar un amanecer y sentir
que algunas cosas parecen empezar otra vez.
Podemos conservar esa capacidad de
maravillarnos.
Pero sabiendo dónde termina el
símbolo y dónde empieza la realidad.
No se trata de renunciar a la
esperanza.
Se trata de anclarla en lo que
podemos hacer, aprender, sostener y sentir con honestidad.
De aprender a convivir con la magia
sin pedirle que explique aquello que solo los hechos pueden explicar.
La medalla podía hacerme sentir que
iba a aprobar aquel examen porque mi abuela me protegía.
Y eso tenía algo de mágico.
Pero aprobar aquel examen, por mucho
que me fastidiara, dependía de otras cosas mucho menos mágicas:
de haber estudiado, de lo que sabía
y de lo que fuera capaz de hacer con ello.
